Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Natalia Lara

Itinerario conyugal

Para rasgar la bruma esbelta y sonora
recurro a la soledumbre de la habitación cotidiana
endechas de pura palidez pueblan las paredes
allí la presión de mi sangre llameante
invisible entre las laderas de mis piernas.

Me permito respirar las asperezas de mi vientre
vulcanizado tras los partos por cesárea arrebatados
efluvio inquietante que me sofoca con tibia caricia
fuente armoniosa de la nueva existencia
redención y condena del espíritu que se agota.

Río que me cubre y mantiene en el cauce
rojo universo que me habita con su fruto;
cuando la luz desaparece, como fugaz campana,
y la vigilia febril se arrodilla en mi frente
vienes a mi ayuda, hacia el incendio estrepitoso.

 

Natalia Lara. Nacida en San Félix. Se inició en la danza a principios de los años 80. Formó parte del grupo literario El Círculo Impreciso (2011). Actualmente, se encuentra realizando el primer Diplomado de Literatura Venezolana a cargo de Fundaletra y la Sala de Arte Sidor. Ha publicado sus escritos en diarios de circulación regional del estado Bolívar y en otros, tales como El Venezolano y El Periodiquito (Maracay). Ha participado en diversas lecturas poéticas. Sus textos han aparecido en la obra del pintor y escritor carabobeño Carlos Yusti, denominada La tapa del frasco. Además sus textos poéticos han sido leídos en programas de radio argentinos en las emisoras FM 89.3 Radio Gráfica y FM 93.9, así como en emisoras cubanas. Textos de su autoría permanecen en algunas páginas digitales.

 

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Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Daisy Valls

 

Alquilo una casa

 

Una estrella le cayó en el centro,

ahora le cuela la llovizna,

el verano la empuja;

puede oírse el ejército de arañas

que pasan por el agujero.

Le llegan cristales, asteroides,

una botija con monedas antiguas

y la voz diminuta de un fonógrafo

inscrito en mil novecientos cuarenta y cinco.

Si encontrara un dueño

se acabarían los cantos;

tiene nidos nuevos en la solera.

Y los duendes,

qué se harían los duendes,

qué pasaría con su estrella, dime,

dónde pastarían los cocuyos

sino en sus maderos mirándose,

contándose sus pequeñas aventuras.

 

La casa no está en venta,

solo quiero alquilarla.

 

Daisy Valls nació en Cueto, Cuba. Graduada de Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana. Ha publicado El monte de las yagrumas (relatos para niños, 1988); Remero de un barco de papel (poesía, 1989) y Pequeña balada feroz (poesía, 1991). En 1997 apareció en Miami por La Torre de Papel El cuento del tomillar (prosa poética) y en 2009, Mi última clase. En 2015 Eriginal Books publicó su novela juvenil El club de los caracoles escarlatas.

 

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Marzo, Mes Internacional de la Mujer por el barrio

 

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Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Isabel García Cintas

ROMANCE PORTEÑO 

de Isabel García Cintas

Patricia caminó con paso ágil las diez cuadras que separan la avenida Belgrano de la calle Tucumán. Era sábado, después del mediodía y el centro de Buenos Aires se preparaba para el fin de semana aquietando el enérgico ritmo comercial de la mañana. La relativa calma de la siesta duraría hasta la noche, cuando la actividad siempre llegaba a su pico máximo. Los cafés se llenarían de gente, los cines de Lavalle y los teatros de Corrientes exhibirían largas filas para entrar a la próxima sección. Los habitantes de ciudad que nunca duerme se preparaban para trasnochar como todos los sábados. Excepto Patricia.

Había llovido desde temprano y ella tenía el paraguas bajo un brazo, por las dudas y en una bolsa de nailon un prolijo paquete, atado con un hilo liviano, que había envuelto con cuidado. En unos minutos iba a ver a Juan José otra vez después de cuatro largos días de ausencia. Se había puesto un vestido nuevo y los zapatos de taco ancho a la última moda, que le gustaban a él y que, por suerte, eran cómodos. Claro que viviendo en Buenos Aires y caminando tanto (ella odiaba tomar los colectivos, siempre llenos), sus tres pares de zapatos eran modernos, pero muy prácticos. Los de tacos altos y finos los guardaba para ocasiones en las que viajaba en auto, porque las veredas desparejas de la ciudad destrozaban las tapitas en la primera postura.

Iba bajando por Lima, lateral a la Avenida 9 de Julio, y ya los negocios mayoristas de telas y tapices del barrio de Montserrat atrancaban sus puertas por el fin de semana. Al pasar, miró su imagen reflejada en la inmensa vidriera que un empleado estaba a punto de cubrir con la cortina metálica. Si la humedad seguía así, el pelo que se había estirado esa mañana en una toca alrededor de la cabeza iba a ondulársele sin remedio. Se encogió de hombros; no era tan importante, después de todo. Aunque la prefería de pelo lacio, Juan José la amaba igual, estaba segura. Y ahora estaba esperándola. Claro que la visita iba a ser formal, nada de acercarse mucho, ni besarlo. Él se lo había explicado por teléfono anoche, después de murmurarle los mimos y dulzuras para los que ella existía y sin los cuales no tenía paz.

–Cuando llegues, la vieja vinagreta te va a dejar pasar a mi pieza, pero acordate, no vayas a cerrar la puerta, porque no quiere que recibamos mujeres aquí.

–Seguro, no te preocupes, mi vida, no me voy a cercar a vos. ¿Se te pasó la fiebre?

–Tengo un poco todavía, pero ya me siento mejor. Ah, me olvidaba. Traeme las camisas que me lavaste. No hace falta que las planches, esas son wash and wear.

–Claro que sí, te las llevo, ya están secas –había respondido ella, feliz de que él la necesitara y feliz de poder ayudarlo. El pensamiento la enterneció. Pobre Juan José. A él le era tan incómodo lavar las camisas, con esa chusma de la dueña de la pensión, que le controlaba todo y no le dejaba colgar las perchas a secar en el balcón de su cuarto. “Porque se ven desde la calle y vivimos en pleno centro, en un segundo piso”, le había reprochado la bruja. ¡Como si la gente que camina por la angosta Tucumán fuera a levantar la cabeza para mirar hacia arriba, al diminuto pedazo de cielo que se divisa desde las veredas!

Patricia era afortunada en ese sentido. El dueño de la pensión de señoritas en la que ella vivía, un gallego, no entraba casi nunca al lavadero, de modo que no sabía si ella fregaba a mano más ropa que la normal. Así es que después de que Juan José le contase esas historias de horror con la dueña, ella se ofreció a lavarle las camisas. Eran cuatro o cinco por semana. No era tanto trabajo, después de todo. Ya hacía un año que se las lavaba. Con la magra mensualidad que seguramente le mandaban sus padres desde Salta, él no podía darse el lujo de llevarlas al lavadero.

Suerte que ella se las arreglaba con el sueldito que ganaba escribiendo a máquina documentos medio día en el estudio de un abogado, lo que le permitía pagar el hospedaje, comprar libros y otros gastitos. Los puchos eran caros, claro, si ella se fumaba un paquete por día. Pero iba tirando y hasta le alcanzaba a veces, cuando él se quedaba sin plata, para pagar la cuenta de los dos en el restaurante barato donde cenaban. Porque ella creía en la igualdad de los sexos. Después de todo, estaban en la última mitad de los años sesenta y el planeta estaba en ebullición con tanto cambio extraordinario. Los muchachos en Córdoba se habían agarrado a patadas con los policías y armado el Cordobazo, haciendo tambalear al gobierno militar. En París una generación estaba saliendo a las calles bajo el inspirado lema del grafiti: “No sabemos qué queremos pero sí sabemos qué NO queremos”. En Estados Unidos había marchas en las calles contra la guerra de Vietnam y a favor de la igualdad racial. Y los estudiantes de todo el mundo aconsejaban, sabiamente, desconfiar de cualquiera que tuviera más de treinta años.

Patricia devoraba las noticias y leía cualquier libro que aparecía sobre el tema, mientras a su alrededor, en la pensión, las chicas laburantes llegadas del interior buscaban novio oficial o se preparaban para casarse. ¿Es que no tenían ojos para ver que el mundo se transformaba día a día? Si ella comentaba alguna noticia, la miraban como si recién hubiese bajado de un plato volador. Era inútil.

Claro que Juan José no era muy partidario de la independencia femenina ni de los cambios políticos tampoco. Pero eso era porque él venía de una familia tradicional y de mucha plata de Salta. Las viejas familias del noroeste tenían costumbres arraigadas y, claro, a él le habían inculcado todo eso. Pero, a la larga, estaba segura de que él iba a absorber los cambios, como ella. Pertenecían a la misma generación que estaba haciendo historia en todo el mundo y él iba a recibirse de abogado en un par de años, apenas terminara de dar esas materias que hacía rato no podía pasar, aunque los padres no lo dejaban trabajar para que las aprobara de una vez. Ella le ayudaba a estudiar. Se sentaban en los cafés, por horas, antes de los exámenes y le tomaba las bolillas una por una. Tanto que ya se las sabía de memoria.

–En una de esas me anoto yo en tu facultad y me hago abogada en vez de estudiar periodismo –había bromeado una noche, sorbiendo el tercer cortadito mientras él luchaba para recordar algún dato histórico o el número de alguna ley.

Juan José la había mirado con un gesto tan despectivo, que ella no se atrevió a seguir con la broma.

–¿Abogada, vos? –había observado incrédulo, los ojos burlones–. No lo creo…

–Digo, nomás –se arrepintió ella, con la firme decisión de no demostrar lo que sabía de la bolilla que estaban repasando, para no herirlo. Él era su vida desde hacía casi dos años, cuando después de mucho buscarla e insistir, ella aceptó la primera cita.

En Tucumán dobló la esquina a la derecha y caminó media cuadra. Mientras buscaba en el portero eléctrico el piso para llamar, el corazón le latía aceleradamente. Pronto iba a verlo otra vez. ¡Cuánto lo había extrañado, mientras la gripe lo tenía en cama y él no quería que ella viniera a verlo por miedo al contagio!

La mujer enjuta y arrugada que la recibió en la puerta del piso tenía un aire de fastidio y la miró con desconfianza. La siguió por el pasillo oscuro hasta una puerta. Cuando la abrió, Patricia se encontró por primera vez en el cuarto a donde su adorado pasaba sus días estudiando.

Juan José estaba tendido en la cama, tapado con las cobijas hasta el pecho, aunque no hacía frío. La puerta-ventana que daba un pequeño balcón gris iluminaba la habitación, Ella no podía despegar los ojos del rostro amado. La mujer hizo un gesto de admonición, como diciéndoles “ya saben el reglamento” y se marchó con la frente alta, dejando la puerta abierta de par en par.

Patricia se acercó y le rozó tímidamente la mano. Él le sonrió.

–¿Me trajiste las camisas, mi amor?

–Claro –murmuró, sosteniendo el paquete sin saber bien dónde ponerlo. Él hizo un gesto, señalando una mesa pegada a la pared, llena de papeles y libros desparramados. Ella obedeció–. Qué raro es verte así. Estás pálido, ¿de veras te sentís mejor?

–Sí, ya estoy bien. Sentate ahí, por si pasa la vieja curioseando, que no te vea al lado de la cama.

Charlaron de bueyes perdidos. Ella le puso al tanto de lo que había hecho esos días. También intercambiaron palabras cariñosas que sonaban extrañas a dos metros de distancia, hasta que finalmente ella recordó:

–Mi amor, si ya leíste Orgullo y Prejuicio me lo quisiera llevar. Se lo ofrecí a Laura. Vos lo tenés desde hace meses. Solo si ya lo leíste, claro…

–La verdad, no lo pude terminar, es un poco pesado. Esos romances del siglo diecinueve me aburren. Debe estar por ahí arriba, en esa pila –Se incorporó un poco–: Me voy a tomar otra aspirina.

– ¿Te la busco?

–No. Las tengo acá. Fijate si encontrás el libro –dijo, dándose vuelta hacia una mesita llena de frascos.

Ella se puso de pie, feliz de poder moverse un poco y revisó las pilas de libros de los tres estantes alineados en la pared.

–No lo veo.

Él estaba ocupado revolviendo el cajón de la mesita de luz para encontrar las aspirinas y ella siguió buscando el libro, ahora sobre la mesa de papeles desordenados. Movió algunos, hasta que al correr a un costado un ejemplar de Automundo, una pila de fotografías en color se resbaló afuera, desparramándose sobre otros papeles. Ella las levantó rápidamente, las reagrupó y al mirar la primera el corazón le dio un salto. No tuvo tiempo de pensarlo mucho, porque Juan José ya estaba diciéndole, alarmado:

–¿Qué hacés, Patricia? No toqués esos papeles… ¿qué tenés en la mano?

–Una foto tuya abrazando a una chica rubia –balbuceó  ella, tendiéndosela para que la vea.

Él saltó de la cama, arrastrando consigo la colcha, e intentó manotearle las fotos, pero Patricia se echó atrás y miró hacia la puerta. Él quedó parado, vacilando, en medio del cuarto sin saber si volver a la cama o perseguirla a riesgo de que la dueña apareciera en cualquier momento.

–¿Qué carajo es esto? – rugió Patricia, ahora comprendiendo lo que sucedía.

–No grités, che, no grités –suplicó él, volviendo a la cama, como dándose por vencido.

– ¿Y? Estoy esperando –dijo ella tratando de controlarse, arrinconada todavía para guardar la distancia–. ¡Explicate, por favor! –La voz le temblaba por la sorpresa y la rabia.

–Sentate. Tenemos que hablar.

–¡Tenés otra mina! ¡La puta madre, tenés otra mina! –repetía ella, incrédula, mientras revisaba rápidamente las fotos, una tras otra. En todas estaban él y la chica, una rubia preciosa, de pelo increíblemente dorado y lacio, en distintas poses, con distintas personas, siempre sonriendo, siempre abrazados, o besándose. Patricia sintió como si de un manotazo la hubieran vaciado por dentro. Era como si flotara en el aire, como si no estuviera ahí, como si no tuviera cuerpo, solo ojos para reconocer lo imposible–. ¿Cómo podés ser tan…?

–Dejá de putear, che, no quiero que te oigan. ¡Tranquilizate, por favor! ¡Sentate ahí de una vez y dejá de hacerme este quilombo!

Ella obedeció, como autómata, porque no podía pensar, su mente estaba paralizada.

–¡Tenés otra mina! –dijo. Ahora la voz era calma, fruto de la enormidad de lo que pasaba.

–No es una mina –repuso él, acomodándose la manta, sin mirarla a la cara–. Es una novia oficial que tengo allá en Salta –Y al especificarlo la dulce tonada norteña se notaba aún más.

Patricia no podía creer lo que él decía y por eso se quedó ahí, quieta, en silencio, totalmente destruida por dentro. Porque la parte ilusa de ella esperaba que él se justificara, que explicara el malentendido, que le dijera que no, que no era cierto esto que ella estaba viendo con sus propios ojos, pero le parecía imposible. Juan José siguió sin piedad, sin entender el calibre del golpe que le estaba dando:

–Se llama María Soledad. Vive en Chile. La conocí hace varios años…

–Seguí.

–Estudia Economía Doméstica en Santiago.

–¿Economía Doméstica? ¿Qué carrera es esa? ¿Quién estudia una cosa así?

–Las chicas que quieren casarse y manejar su casa. Las chicas serias.

– ¿Cómo…?

–Mirá, Patricia, vos no entendés porque te burlas de la gente que no hace lo que te gusta a vos.

–¿Qué carajo tiene eso que ver con que tenés una novia oficial y me estuviste engañando todo este tiempo? ¿Que me mangueaste para que te pagara el boleto a Rosario, a conocer a mis viejos para las vacaciones? ¿La engañabas a ella? Y, lo peor, ¿para qué salís conmigo? ¿Vas a seguir saliendo con ella?

Él la miró a la cara y ahora con más valor, se sintió capaz de darle la estocada:

–En una de esas es mejor que hayas visto las fotos, así no tengo que mentirte más.

–¿Mentirme más de lo que me has mentido? –Él la miraba en silencio–. ¡Contestame!

–Claro que voy a seguir con ella y no salgo con ella, es mi novia oficial. Lamento que te hayas tenido que enterar así, Patricia, porque yo te quiero mucho. Pero la semana que viene llega ella con su familia a visitar Buenos Aires, así que no íbamos a poder vernos. Estaba por decirte que me iba de viaje. Mejor así.

Ella digirió la información por unos segundos.

–Mirá que suerte, te ahorraste el mentirme como un cretino otra vez. ¿Cuántas veces me habrás mentido así, tomándome de idiota?

La dueña de la pensión apareció en la puerta, con gesto interrogante, sin duda atraída por las voces, pero no dijo nada. Patricia miró a su alrededor y con calma levantó el paquete que había traído, lo abrió y desordenadamente tironeó las camisas prolijamente dobladas.

–¿Qué hacés? ¡Dejá esas camisas ahí!

Lo miró con todo el desprecio que pudo reunir en sus ojos y sin decir una palabra caminó hacia el balcón, abrió la puerta y de un solo manotazo las cinco camisas wash-and-wear remontaron vuelo en el viento y la lluvia que por entonces caía a torrentes. Mojándose el pelo peinado y estirado con tanto esmero, Patricia alcanzó a asomarse por la balaustrada para verlas flotar en el viento y caer, en desorden, una sobre el techo de un colectivo y dos en la vereda. Las últimas dos cayeron sobre el asfalto de la calle, empapado de agua, aceite y hollín, para terminar inmediatamente bajo las ruedas de un par de automóviles.

Entró al cuarto, levantó el paraguas y el bolso de mano y, sin escuchar los gritos del enfurecido Juan José, pasó al lado de la sorprendida vieja y salió al pasillo. No pudo esperar el ascensor y corrió escaleras abajo, empapada por la lluvia y por las lágrimas de odio que brotaban sin parar.

Cuando llegó a la calle no quedaba vestigio de ninguna camisa, ni siquiera de las que cayeron sobre la vereda. No abrió el paraguas. La lluvia se mezcló con sus lágrimas y sintió que el pelo se le enrulaba completamente, por fin libre del planchado de la toca.

 

Isabel García Cintas es una escritora y periodista argentina que vive en los Estados Unidos desde 1987. Ha trabajado en la prensa escrita y oral, y ha publicado tres libros: La novela de suspenso, Incidente en la Patagonia (2006) y su versión en inglés, Incident in Patagonia (2016). El manuscrito de este último obtuvo Honorable Mention en el 2015 Latino Books Into Movies Awards de Los Angeles, California. La novela Del Mediterráneo al Plata (2011), que narra la saga de sus antepasados inmigrantes de Italia y España a la Argentina, que resultó finalista en el 2012 Dan Poynter’s Global e-Book Awards y  su último libro, La casa vieja y otros relatos, una selección de cuentos, que obtuvo Honorable Mention en el 2016 International Book Awards de Latino Literacy Now y en febrero de 2017, Medalla de Oro en la categoría Spanish en el 2016 Florida Book Awards, auspiciado por Florida State University.  www.isabelgarciacintas.com

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March is Women’s History Month – Nancy Aidé Gonzalez

Photo by Andres Alvarez

Foreigner

By  Nancy Aidé Gonzalez

 

I am a foreigner in my own country

there is torment in the disconnection,

I examine the geometries of mountains and plateaus

pass by clamorous rivers,

the land remains the same.

 

The land remains the same

in the mirror, reflection

my face is my own

my wide brown eyes

my carefully drawn red lips,

the world has changed.

 

The world has changed,

I send a letter to a good friend

Wait for an answer that might never arrive,

the mailbox is empty

I must fill my own emptiness.

 

I must fill my own emptiness

the dirty laundry piles up,

politicians recite alternative lies on television

lying has somehow become the norm,

I march with millions in protest against injustice

raise my voice for the voiceless,

raids round up “unauthorized” immigrants

to be sent to Mexico,

there is an unraveling of fear and hate.

 

There is an unraveling of fear and hate

my soul knows the unsayable,

I drive to work and back home

throw things on the ground to see

how they fall,

pick up wilted flowers

try to revive them,

find a dead seagull on the path

blood encrusted with dirt

broken wing hanging,

I search for the bare skinned essence of

light within darkness.

 

I search for the bare skinned essence of

light within darkness,

at the park a small girl holds a red balloon

she becomes distracted by laughter

lets go of the string

watches the balloon float to meet the sun,

I want to peel the sun

lay my fingers on permanence.

 

I want to peel the sun

lay my fingers on permanence,

rays illuminate a thick black arrow tattooed

on the cashiers forearm,

I want to follow the arrow

to where it might take me,

so I may arrive at the unseen,

become connected.

 

I am a foreigner in my own country

the land remains the same

yet my world has changed,

memory filters through lace wings

those I thought I knew,

have become strangers.

 

Nancy Aidé González is a Chicana poet, educator, and activist. Her work has appeared in Huizache The magazine of Latino literature, La Tolteca, Mujeres De Maiz Zine, DoveTales, Tule Review, Seeds of Resistance Flor y Canto: Tortilla Warrior, Hinchas de Poesía, La Bloga, and several other literary journals. Her work is featured in the Poetry of Resistance: Voices for Social Justice, Sacramento Voices: Foam at the Mouth Anthology, Lowriting: Shots Rides & Stories from the Chicano Soul, and Poetry in Flight/ Poesía en Vuelto: Anthology in Celebration of Tecolote. She on the board of directors at the Sacramento Poetry Center and is co-editor of the Tule Review literary journal. She hosts Mosaic of Voices, a poetry series which features multicultural poets in Sacramento, California. She is and a participating member of Escritores del Nuevo Sol and Circulo de Poetas.

 

 

 

 

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March is Women’s History Month – Essential Latin American Women Singers Part 1

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Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Yvonne López Arenal


Foto. Mario García Joya

Unipersonal. 

HÉCUBA o La culpa

por Yvonne López Arenal

Junio 2012

Personaje: Hécuba una reina vieja y harapienta.

 

Sentada en un sillón dormida que es como su trono venido a menos, su rostro es una máscara, pero a la misma vez es muy natural. Se levanta a preparar café. Descubre al público.

Verdad

Hécuba- Eh, ­¿están ahí?… ¿dónde estará el café? Ah… lo tengo que esconder, se lo toman todo… ¡Ay coño! Me duelen los huesos, la artritis me está matando, mis huesos están llenos de salitre…Casandra no lo hacía, ¡Ay!, bueno nunca tomó café… lo de ella era otra cosa… Je je je… la bella y jinetera Casandra, todo lo sabía desde el principio y el divino Apolo, bueno al menos eso él se creía, tomaba posesión de ella… bueno en realidad no sé si las mujercitas esas, sí, las serpientes… la purificaron,  no importa, nada importaba a esas alturas, el terrible “Don” de la profecía y la mentira, estaban ahí y la llevaron al desastre y esas dos predicciones…maldición, ella lo dijo todo, sabía que él, ese pequeño y dulce hijo que tuve, (canta canción de cuna, arropa a un niño imaginario) traería la ruina de la ciudad, del país… pero no la escucharon, yo tampoco, ¿cómo una madre podría hacerlo? Mi hijito ¡ay, ay, ay!… Dios me perdone pero detesté a mi hija… Príamo mi marido, ese viejo del coño de su madre, quiso burlar el designio de los dioses y mandó a mi pequeño muy lejos, a esas montañas a esa madre de las fieras, al monstruo, para que nadie lo alcanzara. Eran las mismas montañas que sirvieron a esos divinos o indivinos seres, como diría Virgilio….no, no ese no, ese murió envenenado por una papaya… el del infierno, ¿me creen? Da lo mismo (bajando la voz) les temía… él sabía,  se creyeron dioses, seres poderosos nacidos para desatar la guerra, hijos de puta, (ríe amarga) y dejarnos llegar a lo que hoy somos… (Comienza a realizar otra labor doméstica)…ella reconoció todas las trampas, pero nadie la escuchaba, su maldición nos alcanzó a todos, el pendejo Caballo de Troya, con su maldito ejército invadió nuestra ciudad, la muerte apestaba en cada rincón…  ¡Casandra, Casandra!, sus dones estaban en su contra, siempre han estado en su contra… miren su traje raído, ¿lo ven? en medio de tanta escasez inventaba trajes de gala para que luciera ese culo, ese par de tetas… yo lo hacía con los saquitos de arroz pedazo a pedacito, luego los teñía y era la princesa de la noche, sin embargo todo le costaba tanto… no como a él…(pone el traje en el suelo como un ritual de amor a su hija) eran gemelos, sí… ella Casandra mi princesita y Heleno mi otro hijo, su hermano…me quedó bueno el café… ¿qué decía?, ah, su hermano ge-me-lo, pero a él siempre le escucharon, Homero el poeta y sabio del pueblo lo alabó como el mejor de los augures, a él sí le escuchaban, hasta le nombraron supremo augur de la ciudad, le dieron muchos premios. ¡Puta madre! (realizando tareas domésticas) rodeados de hipócritas como estábamos no podría ser de otra manera, no les importaba su decir, ni el acierto… no se lo crean, era él su belleza, como la de ella, pero suave, dulce, divina y le reían todas las gracias… juegos y rejuegos, dedos infinitos que señalaban o colgaban, decidían sobre destinos y haciendas, el poder y sus oscuros sortilegios. Mientras tanto yo amasaba el pan con mis sirvientas y preparaba la cena de mi casa y lavaba y remendaba las medias de las guerras, las que iban y venían, les borraba las manchas de sangre, era sangre de tanto andar, de tanto viaje, de tanta mierda, mi ciudad se movía y  los que podíamos marchábamos de una orilla a la otra, mientras los de acá, gastaban los zapatos y le cortaban las puntas cuando los niños crecían, para que no se les apurruñaran los dedos… la guerra nos dividía no nos dejaba vivir y nos mató de hambre… bueno para que negarlo fui reina, pero lo fuimos vendiendo todo. (Prepara ropa para lavar) Casandra usaba sandalias hechas con gomas de carro, eran fuertes y sus pies tenían callos de tanto andar, de tanto querer ayudar, se esforzaba, se esforzaba yo la veía y nada podía hacer por ella, le recomendaban cabalgar o “jinetear” y lo mismo conquistaba viejos, que libertades finitas y maltrechas para cruzar la línea divisoria del hambre, de las tiendas de turismo, del malvivir, del traidor y el héroe … que dolor para una madre ver a sus hijos así, sufriendo, desperdigados por el servicio militar, por balsas, por aviones y vuelos comprados, la guerra… me acosté muchas noches sin saber de sus destinos, pensando que ya vagaban por el Hades, por la morada de los muertos, donde los vivos y los muertos de hambre, lograron un espacio infinito, terrible, lejano, en otros cielos… hasta que alguien, alguien le tirara un cabo… o no… Les tiraron huevos o piedras, pero valía la pena el riesgo, si nadie los reconocía, como los hijos del poder porque muchos jugaron al héroe, siendo traidores… estarían allí reinando a baja intensidad en esa otra orilla por cien años o mil años recibiendo gente … gente todos los días y los Otros… ¿era un río o un mar? o muchos ríos los que debían atravesar y que se hacían un mar inmenso, bravío… pobrecillos  todos esos que quedaron sin un funeral decente, sin monedas en los ojos para viajar al lujo de la muerte, bueno … pobrecillos esos héroes que vagaban abatidos entre espíritus menores, que gorjeaban como murciélagos. Dicen que solo libaciones de sangre ofrecidas a ellos desde el mundo de los vivos como sacrificio  pueden despertarlos, bueno durante un tiempo… solo así sentirían las sensaciones de humanidad de nuevo… ¡Matar, matar! ¡Terrible consuelo! ¿Podría matar?…  ¡Qué triste para una madre  vivir días tan inciertos! ¿Qué pasó con nuestros hijos?

Y me pregunto: ¿A quién matar? ¿Qué sangre darle a esos muertos? si todos eran mis hijos… (Ríe terrible con dolor, entra sonido de tormenta) oyen, ya seremos todos juzgados, no importa que borremos nuestros recuerdos, que los recompongamos, no nos dejarán  y veremos sus sombras perseguirnos sin entender… ¿qué pasa Dios?…  un ejército de infamia está ahí y los perseguirá entrando por el cráter del Averno… ese hueco del reino de Hades, donde un día seré juzgada en los tres caminos, el reino del  Dios que habita en mi alma, el invisible, pero que también está muerto…. Allí viven tantos de los míos, viven, bueno… ¡qué ironía!… es terrible pues creí que los acompañaría y nada, aquí estoy, ¿quién sabe dónde?

Juicio final

Siendo reina, reconozco que hice tareas terribles, acciones buenas y no tan buenas, pero las hice… forniqué, cociné y limpié mi casa, porque ese era mi deber, mentí, robé, pero creo que no pude matar para vengar a los míos y darle sangre a mis muertos, eso no fue justo… eso no sé…creo que preferí preparar un buen sazón y comprar mis vegetales, un gourmet con vegetales y me callé pague el precio, de un lado y del otro me estaban observando, lo sé… lo único sincero que hice fue recordar a mi madre, amar a mis hijos, todo a mi manera y sembrar lechugas en mi huerto y comprar vino, rosas y arroz, para mis hijos y revivirlos noche a noche y sentir sus alientos cuando dormían y limpiar sus botas con el fango y la sangre de la guerras que vivieron, lavar sus cuerpos y pedirle a mis dioses que algún día escuchen a mi Casandra, al menos Agamenón la amo (música de la ópera Tristán e Isolda). Muchas noches sentía sus gemidos de placer a leguas de distancia y pensaba en mi juventud, en  mis amores y en mi poderoso Príamo, tan viril, tan potente, tuve cincuenta hijos, bueno eso lo dijo Eurípides… él … mi marido, aceptó que fueron catorce, (ríe) no mejor diecinueve que es la versión más extendida… pensaba cuando él también era un Dios y atemorizaba a los hombres que osaban mirarme, porque siempre fui muy guapa, no este andrajo que hoy día tienen ante sus ojos, ¡estos harapos fueron galas!… pensaba en esa vida antes de los gemelos Heleno y Casandra, antes de las serpientes y antes de todo mal… pensaba también cuando el pobre Paris estaba en mi vientre y yo no sospechaba que sería lanzado de mi lado y de mi tierra por salvar su vida y no perder la patria potestad, Jajaja… extraña forma de salvar su vida, algo terrible de aceptar para una madre, ¡no quiero que me arranquen más hijos! lo acepté antes por ser …  por ser joven, no sé, ¡no! por ser terrible… tiempos terribles fueron esos…. Y sin embargo, no todo fue malo, no, creo que tuve una buena vida, hasta cierto punto… ¿no sé? (música). Recuerdo mi jardín, mis paseos con Príamo, nos acostábamos en la hierba fresca y nos bañábamos al atardecer para que los niños no se dieran cuenta… caminábamos desnudos por la playa del fondo de nuestra casona y nos amábamos hasta el anochecer despertando la envidia de las solteronas del barrio que rescabuchaban por la rendijas de sus ventanas (Pausa recrea recuerdo y corta la acción) ¡Qué mano de piedras tiene este arroz!, pero la guerra siempre estuvo ahí haciendo de las suyas… Casandra lo veía todo, eran designios irrebatibles, y yo no podía hacer nada por ellos, ¿Qué podría hacer? Sus designios eran tan irrebatibles como los juegos y deseos de Hades y sus dos hermanos, Poseidón y Zeus, esa manía de llamarse como los dioses y creerse dioses, fue de nuestros padres, ellos echaron a la suerte los reinos a gobernar y nos jodieron, nos jodieron. Zeus entonces se quedó con el cielo, con la gloria, Poseidón con los mares bellos y terribles y Hades recibió el inframundo, ese reino invisible al que los muertos van tras dejar nuestro  mundo como vivos, y nada, nos dejaron hechos mierda, ellos lo manejaban todo desde su poder infinito, lo manipulaban todo, eran peor que esos predicadores que viran a la gente de cabeza y los convierten en limosneros… ¡Ay que hambre caballero! y este arroz trae más piedras que granos… si lo sabré yo, mi hijo Paris sufrió los embates de un destino cruel que ellos le inventaron…  yo deseaba para él una vida distinta darle su cereal en la mañana y jugar sus juegos y verlos crecer con todos mis hijos: Héctor, Casandra, Heleno, Deifobo y toda la numerosa prole de Príamo… pero ella mi Casandra que dice que lo sabía todo y nada podía hacer, al menos eso creímos, y yo…la peor de todas, la más tonta de todas las madres, mira que hice brujería y le hablé al otro panteón, miren todo lo que tengo… (hace una ceremonia sencilla con Eleguá) nada logré y acepte su partida, para protegerlo, coño … Luego fue cierto que Paris nos trajo la guerra y a esa Helena, esa maldita y bella forastera, llegó con su olor a perfume, sus maletas repleta de regalos de la comunidad allá afuera y mis hijos Deifobo y Heleno se pelearon por lo que trajo y por nuestros bienes, bueno por la mierda que nos quedaba y por esa mujer claro… esa forastera, por culpa de ella todo cambió, eso lo sabemos todos… y la otra quedó viuda de nuestro Héctor…. al final cada uno tomó su rumbo y buscó su propio reino y luchó sus propias guerras, ideas encontradas las de mis hijos y renació el cainismo en nuestra casa, como diría Matías el escritor exiliado… la traición entre hermanos, esa extraña conducta que apuñala el corazón de cualquier madre y que inundó nuestro suelo desde allá hasta acá (Hace un juego gestual que alude a las dos orillas) pero ella fue la culpable de todo, no la pienso perdonar. Y mi Heleno resentido, luego de disputarse a la maldita forastera nos traicionó, nos traicionó. Nada duele más que una traición de tu sangre, el inagotable asunto de la traición me persigue, de eso si soy esclava, nos roban, nos difaman…  Fue Heleno mi hijo el que reveló a nuestros enemigos todos los augurios que impedían que nuestra ciudad fuera tomada y ahí vino la desgracia final, menos mal que Príamo había muerto… no habría resistido ver al hijo que tanto amo darnos la puñalada… entregar nuestra ciudad, anunciaba el peor destino para nuestras mujeres, la esclavitud…. lo que jamás pensó Príamo, yo su mujer, su reina, cuando todo parecía arreglarse caí en manos de nuestro enemigo Polymnestor, el muy perro me arrastró para el otro lado,  me convirtió en su esclava y sufrí todas las humillaciones  que una mujer de mi casta  no merece, pero lo acepté todo con una rara calma, con clase, sin bajar la cabeza… confieso que no planeaba nada, estaba tan triste y perturbada por la traición, tengo tan poca habilidad para tratar esos asuntos tan bajos que me sumí en un letargo de dolor altivo, férreo. Pensaba en todo lo que cobrarían nuestros enemigos, toda la envidia acumulada en siglos, esa sería la piedra más pesada que me lanzaron, yo era sólo una reina del otro lado y eso bastaba para que me odiaran, me consumía en mi dolor y mis enemigos se vengaban y me cobraban hasta la desgracia, todo les molestaba, es que era desgraciada por haber sido reina, por pertenecer a una familia, por tener y no tener, por toda la pendejada que un ser humano no puede imaginar, en realidad quizás hice muchas mierdas … todas las noches soñaba con mis años mozos y trato de volver atrás y enmendar mis faltas, pero ya no se puede (canta ) Las penas que a mí me matan son tantas que se atropellan…sólo al saber de la  muerte de otro de mis hijos  reaccioné a ese cúmulo de dolores traiciones, intrigas y entonces  enloquecí, enloquecí de tal forma y de tal forma grité,  que las Furias me escucharon a millas de distancia… sin embargo lo más terrible de todo fue el asesinato de mi nieto Astiacnate el que viviía entre dos aguas, el akuaroso, era hermoso, un bello niño se parecía tanto a su padre, mi Héctor… (Grita) ¡Dios, Dios! lo lanzaron despeñándolo desde las torres más altas mataron a mi hombrecito, ¿mataron el futuro?… él no era culpable de nada. Ese ha sido mi peor castigo. ¡Orfeo bendito Orfeo, necesito una canción de dolor para ti niño mío! Lorquiana soy, lorquiana a pesar de ustedes y la muerte , la muerte es redención, el robo es infamia y la traición los llevará a la muerte a pesar de sus lejanos y maligmos brujos del western, ya lo saben. (Canta)

Niño de mi vida

Niño de mi alma

Niño que te marchas

Niño que se extraña

Huesos y sonrisas

En tu alma estallan.

Vuelan y reclaman,

Tus hermosas manos

Tus ojos inmensos

Tu boca menguada

Un dolor del alma,

Un crimen infame.

Una pena duele, una pena mata

Un niño se pierde, un niño no entiende

Un niño que llora y el dolor me mata.

¿Cómo pude resistir tanto? …. ese día estallé, estallé, dejé de comprar favores  y convoqué a todas las furias del universo.

Ni siquiera los gritos que daba el infame Polymnestor ante mi escena de locura,  sorprendieron a las benévolas Furias que acudieron enardecidas  a diseñar su venganza… (Ríe)… siempre la venganza.

El maldito  Polymnestor resultó ser un cobarde, parecía un conejillo asustado y gritaba:

¡Euménides, Furias,  Euménides! les daré mis tierras, mis trajes y mis oros…. todo les daré, (Ríe) inútilmente trataba de aplacar  las iras desatadas.

Y yo, yo… era una leona, la que debí ser antes de tanta desgracia, por eso también me siento culpable, por callarme a tanta infamia, pero en todas partes se cuecen habas, Polymnestor el cobarde y miserable Polymnestor, cubierto de pelos, semejante a las bestias del infierno… era una bola de pelos, siempre desnudo con algo insignificante entre sus grasosas piernas… Ja!… ¡Qué asco! vomité sin parar, sí, lo recuerdo, fue el día que violó a esta vieja, sí, no lo duden y a once niñas de mi pueblo. Un farsante por rey, el también tenía una corte de bufones que no esperaban para batir sus lenguas, batir sus manos, lamer sus culos, en pos de una no quimera, volar, correr… contra los malditos, ciegos, mudos,  los asesinos del alma de un pueblo… pecando en silencio, matando en silencio. ¿Cuántos crímenes?… quitando a uno y poniendo a otro. Al final siempre lo mismo

¡Ay furias dónde estaban antes de ese día y del otro!… llegaron tarde y perdimos la inocencia. Lo perdimos todo. Mi ira era tal, que alimentaba a la de ellas… y me vengué con más fuerza que las terribles y benévolas Furias…  le saqué los ojos y maté a dos de sus hijos (escupe) maldito Polymnestor…. entonces  vi la sangre correr y no puedo negarlo me sentí feliz, me bañé en ella con tal gusto que todos me creyeron loca, yo misma me sentí loca, loca y lo estaba… Sobre mi muerte existen tres versiones: la primera, que me suicidé por desesperación; la segunda, que los griegos me asesinaron; y la tercera, que los dioses me convirtieron en una perra al escuchar mi aullido por la muerte de sus hijos. (Grita llora y se lamenta, gime como si fuera una perra) Miren mis manos, miren, ¿tengo manos de asesina? ¿Quién puede matar sin enloquecer?,  sin cargos de conciencia, ¿díganme si soy una perra? ¿Díganme? ¡Dioses ayúdenme a morir en paz! no puedo borrar mis recuerdos…Busco los tres caminos, ¿cuál es el bueno díganme?… no sé dónde estoy… ¡Hades! invisible dios del inframundo, socórreme llévame! ¡Permití que ocuparan mi ciudad y esclavizaran mi pueblo! Mientras eso pasaba yo era feliz y joven… ¡soy yo la asesina de mis hijos, de mi nieto y de tres más, de diez, de miles de hombres!  ¡Dioses soy una perra! ¿Tengo manos de asesina? ¡Ayúdenme! Es que todos eran mis hijos y lo ignoré… ¿dónde estoy? Y ella la maldita Helena que llegó con su lujo y su belleza. ¡Llevadme al Hades con mis mujeres, allí ya no seremos esclavas! Allí no hay buenos, ni malos… ¡Ya no seré una reina esclava de sí misma! … ¿tengo manos de asesina? …¿tengo manos de asesina? … ¡respondan!… ¿tengo manos de asesina? ¡Respondan, carajo, es que todos eran mis hijos, todos eran mis hijos! ¿Quiénes eran los buenos? … ¿tengo manos de asesina? Todos eran mis hijos! (sale por entre la gente) respondan ¿Quiénes son los buenos? Si es que todos son mis hijos.

 

Yvonne López Arenal nació en La Habana, Cuba. Licenciada en Artes Escénicas por el Instituto Superior de Arte de La Habana, durante esos años fue alumna de la destacada actriz Raquel Revuelta, luego de graduarse formaría parte del colectivo de “Teatro Estudio” en La Habana. En sus comienzos López Arenal también formó parte del grupo juvenil del Olga Alonso bajo la dirección de Humberto Rodríguez. Es graduada de Master in Science of Education from Nova Southeastern University (Florida). En estos momentos estudia un Master of Arts in Spanish en Florida Internacional University (FIU).
En su trayectoria teatral se destaca su participación en obras como: Las Pericas, Andoba, Yerma, Romeo y Julieta, La posadera, La duodécima noche, La fierecilla domada y La venganza de Don Mendo, La esquina peligrosa, Petición de mano. Con Réquiem por Yarini de Carlos Felipe debutó en la dirección en la ciudad de Los Ángeles también dirigió Tula la peregrina de Raúl de Cárdenas, entre otros proyectos en California. Fue una de las fundadoras y directora de programación del “Cuban American Cultural Institute” y dirigió y fundó la compañía Teatral “La Avellaneda” ambos en Los Ángeles. Gaviotas Habaneras, su ópera prima, se estrenó en Los Ángeles Theatre Center (LATC), en el año 2002 y se publicó en la editorial digital: Alexander Street Press. El Reina María su primera obra de teatro breve y La Noche de Eva, han sido publicadas por la editorial Baquiana y la Editorial Silueta. Ha protagonizado películas y series de televisión en Cuba, en Los Ángeles, California y para TVE en España, entre ellas, protagonizó De tu sueño mi sueño de Eduardo Moya y Capitán Rolando de Jesús Cabrera, participó también en Día y Noche. En TVE participó en la serie Amores Difíciles con la película Cartas del Parque, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea basada en un pasaje de El Amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez, adaptado por Eliseo (Lichi) Diego y La crin de Venus de Diego Arché de los Estudios Cinematográficos de la Televisión Cubana. En Los Ángeles California interpretó un rol protagónico en la serie Placas de la cadena Telemundo. En los Estados Unidos, también ha trabajado en diferentes proyectos de teatro y cine independiente, como actriz, productora y directora. En el cine de habla inglesa protagonizó Emerald Cut, dirigida por Arturo Barquet. En el año 2008 interpretó uno de los roles protagónicos en “Dos veces Ana” film de Sergio Giral. En la actualidad es la directora general de “Akuara Teatro”, donde ha trabajado en diferentes obras, entre ellas: El banquete infinito de Alberto Pedro Torriente, Gaviotas habaneras, También interpretó roles protagónicos en Nevada, Contigo, pan y cebolla de Héctor Quintero, Fango de María Irene Fornés, Huevos de Ulises Rodríguez Febles, El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas, Cualquier otro lugar menos este de Caridad Svich y Strip Poker de Jean Pierre Martínez en la que actuó y dirigió. Un mundo de cristal, dirigida por Alberto Sarraín. Su último proyecto dirigido es Las vidas del gato de Pedro Monge Rafuls.

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