Un poema de Joaquín Badajoz

El último cabalista de Lisboa se asoma a los ojos de Elohim

Una estampida de bestias se abalanza:

una boca, unos labios,

una pupila ciega se bebe la luz en el instante

en que se asoma a los ojos de nadie.

Intenta sostenerse, saltar hacia otro mundo,

las uñas destrozadas

se aferran a la pared retráctil como un párpado,

una guillotina suave, con un corte limpio

separa al hombre de su imagen.

El niño que corre por el laberinto de las deformidades,

por el grotesco juego de multiplicarse,

despavorido huye entre navajas de vidrio,

entre acechantes ojos que no reconoce.

Por eso han de cubrirse con mantas los espejos,

puertas-trampas a un universo cuántico.

Por eso han de taparse los oídos

para escuchar la música del alma

sigiloso soplo de ocarina ágil teclear sobre una máquina,

hasta arrancar la risa y el sollozo,

las notas del violín del rey David.

Entre salterios y demoliciones

tropieza el hombre en su reflejo alzando el vuelo.

Vanidades, piromanía del espíritu, estallan,

vuelven aquellos años en que sacarle lustre al pelo,

trazar con el índice la suave ruta de los labios,

era sentirse vivo, imaginarse bello.

Pero ha llegado el momento de enfrentar el azogue,

la suma de los días deja marcas confusas

esa fruta deshidratada por el sol de la vida,

una fina película de plata lo separa de lo que quiso ser

y no hay retorno, solo caída o ascenso, o decrepitud.

No es el hombre un árbol cíclico

que amanece puntual de primavera.

Pariendo frutos dulces que las mujeres muerden

con la lujuria del zumo que rueda por el cuello.

Han pasado siglos y se replica su ojo alucinado,

recuerdos de la mujer azogando un escudo de plomo,

limpiando despavorida las manchas de algún crimen.

Paciencia de confesionario, abrillantar la imagen

para que nadie, siquiera los más íntimos,

descubran el monstruo que nunca enseñamos.

El hombre que ve a Dios en su holograma,

entiende del movimiento de su sombra,

del corazón que late involuntario:

del amor, de su pasión eléctrica.

Al flexionar por los bordes la lámina,

atrapado en el torrente metafísico,

la muerte es un regreso al vientre que nos llama,

pavor del Dios terriblemente humano

al que solo se llega cavando un abismo.

Frente al espejo ustorio, de espaldas al sol,

esa naranja encendida que nos come las carnes,

el cabalista cae.

Entra gozoso en otro cuerpo y desaparece

diluyéndose en una corriente de elegidos

que marchan dóciles

como un eclipse de langostas.

Joaquín Badajoz

 

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4 Responses to Un poema de Joaquín Badajoz

  1. Que bueno !! Un abrazo Hermano !!

  2. buenisimo Joaquin es un gran poema…abrazos

  3. Agustín Labrada says:

    Muy bien, Joaquín, un abrazo cordial, Agustín.

  4. Alberto Lauro says:

    Gran alegria leer un buen texto. Abrazos a Joaquín y a Manny por enviárnoslo. Alberto Lauro
    desde Madrid-

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