Un poema de Ileana Álvarez

TRES VECES, AL ALBA, CANTÓ EL GALLO DE MORÓN…

A Remigio, pintor primitivo,
y a su Museo del sacrificio.

I
TRES VECES, AL ALBA, CANTÓ EL GALLO DE MORÓN.
Las casas nuevas enlajadas y enrejadas para que no entre el hollín
del Central Patria, desmantelado, no se reflejan
en la frente cejijunta de la única calle de la ciudad.
Se tiene el espanto a las espaldas, hecho un nudo de alambre,
vergüenza, conjetura que no da paso a la vida ni a la muerte
sino a «uno no sé qué» situado al borde de toda razón.
Y es que ahí va Remigio, con su oreja cortada
hecha un girasol en la solapa, ahí va tan solo,
multitud, caballete zurcido. Vuela todo esquelético
y jorobado, inmenso como los pies de Flora, sobre las cabezas
perfumadas de las buenas costumbres.
Se posa en el poste negro del suburbio para iluminarse
con un Cristo de hojalata, irradiante, que abofetea.

Caen preguntas como aceros, lluvia engomada
de pinturas semisecas que una mano torcida le tendió,
pinceles despeluzados, y diluyentes inservibles, óleos
que no se acomodan al nido donde se empollan las palabras herrumbre,
guijarro, zarza, alambre de púa, tizne, emplasto, fango..
Ah, carbón, brizna, pelusa, piedra, resina, limaduras, desperdicios,
palangana vieja sembrada de cauchos y violetas,
cerca sin brillo donde se enreda el horizonte.

Ojos de perro sato.
Imagen de bisonte antiguo, presto a espantarse
para enchumbar la noche al fondo de una cueva.
Mano que ha visto a Dios, la mano sucia y bella.
Quinqué donde bostezan el Pez y la Maja desnuda,
la casita de guano azul y el puente de lianas
sobre el agua del sueño que yo también soñé.

II
TRES VECES, EN EL MES MÁS CRUEL, CANTABA EL GALLO.
«Me hielo, no como nada,
me hielo, no como nada».
Dame, piedrecita en el río, yerbazal enrojecido,
un rastro de hormiga en tu Museo del sacrificio,
allí junto a la Virgen de la Caridad de zinc y estopa.
Vuelve a entibiar un poco de café bien tinto
y mientras
derrite con el trazo más verde
la cal con que germinan nuestras cabezas de islas,
amasijo de bloques juntos, inamovibles,
¡tan suciamente iguales y tan feas
en su opaca blancura!

Ileana Álvarez

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