Un poema…

El paraíso perdido

 

Arrancaron de raíz las trinitarias que cubrían la tapia

el paraíso que fuimos creando lentamente

en veinticuatro horas se convirtió en desecho.

La oreja de elefante que daba sombra

y me tapaba cuando me duchaba afuera

fue reemplazada por un cártel anunciando la venta de licor.

No queda nada del pozo armónico que saciaba la sed

a personas tan diferentes entre sí.

Los mapaches aficionados a la poesía

tuvieron que exiliarse en un cercano club nocturno

y cambiar los versos por algún bolero extraviado en alcohol.

Nadie sabe a dónde fueron a parar

dos árboles de tamarindo rescatados de la basura.

La domadora de hadas y centauros sigue desorientada

sin encontrar almendros que den sombra a la hora de pastar.

El único consuelo que tengo es que dos poetas y un soñador

ya no están entre nosotros y no podrán ver tanto destrozo.

Han borrado sus nombres y frases célebres

para reemplazarlos con murales solariegos.

Un lagartijo enamorado pudo reconocerme

aun con el disfraz de japonés que llevo encima.

Me pidió que le ayudara a encontrar a su lagartija perdida

porque ya no podía rozar su cuerpo contra otro soneto

como aquel que un poeta maldito una vez escribió

con sus dedos manchados de sangre en aquella pared.

 

Manuel Adrián López

(Tomado del libro, “Los poetas nunca pecan demasiado”, publicado por Editorial Betania)

 

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