Recordando a Elena Tamargo en su cumpleaños, con un poema de Osvaldo Navarro

Foto de Lapitu

Foto de Lapitu

EN BUSCA DEL DIOS DE LOS POETAS

 

La mujer de quien hablo hubiera querido nacer en Tubinga,

y mirarse en las aguas reflexivas del Neckar.

Pero vino a nacer, con pujos muy violentos

–porque la criatura hacía resistencia–

en una isla cercada de tiburones,

en fiesta permanente por el olor a sangre,

sin Faro de Alejandría ni Coloso de Rodas.

 

Sus primeras palabras no serían

para nombrar sus padres y saberse a sí misma,

como manda la irrevocable tradición española,

sino Gott, Liebe y Schönheit,

que significan Dios, amor y belleza

en la suave y precisa lengua de Alemania.

 

Como nació romántica y creyente,

rogó a Hölderlein que la apartara del Infierno

y la acompañara en un viaje hacia el Paraíso,

con la esperanza de hallar al dios de los poetas.

 

La Biblia fue su primera fascinación:

Jesucristo, aunque simples, le presentó razones.

Pero muy pronto le asaltaron las dudas filosóficas,

(tan impropias para mujeres, dirían en la India),

y decidió buscar en fuentes más complejas.

 

Hubiera estudiado sánscrito para leer la Vedanta,

y a través de Shankara, comunicarse con Purusha

(el diferenciado de lo Uno),

pero la ciencia como método para llegar a lo absoluto

no la convenció.

 

Leyó el Libro de los muertos de Egipto,

y no entendió a sus dioses hieráticos y antipoéticos.

Sólo Osiris la llamó a reflexión.

 

Pasó de largo por Alá del Corán, nunca supo por qué.

Llamó a Buda por toda Asia, y no le respondió

ni a los mismos pies del Himalaya misterioso.

El dios supremo no le afloró en el Popol Vuh de los mayas.

 

Estudió yoruba para comunicarse con Olórum y Olodumare,

pero no pudo, porque entre sus intermediarios, los orishas,

no descubrió un solo poeta:

son reyes y reinas, en guerras permanentes,

capaces de hacerse el mal los unos a los otros.

 

Sólo las metáforas del Tao la deslumbraron,

y hasta llegó a creer que es el único texto

en que alguien se comunica con el dios total.

Pero Lao Tse era más filósofo que poeta,

y su dios le pareció un enigma indescifrable.

 

Decepcionada, regresó al poeta Hölderlin,

y entendió finalmente su locura.

Maravillada por el alumbramiento,

dijo frente al espejo donde estaba la imagen de la otra:

“Sin amor y belleza Dios no existe”.

 

Se desató el cabello y, desde el cielo,

alguien (quién sabe quién)

le envió una sonrisa de lucero:

todavía era joven para emprender el viaje hacia sí misma.

 

Desde entonces, llega hasta donde estoy,

extenuada por la prueba de un viaje tan inútil,

y me dice Papá en un español devoto.

 

No prende velas ni quema inciensos,

no se persigna ni se arrodilla.

Ajena a sentimientos de pecados y culpas,

se desliza feliz hacia mi lado izquierdo,

y se me entrega en cuerpo y alma.

Después se duerme para soñar el mar de su niñez,

mientras su halo de diosa irradia luz sobre mi vida.

 

Mi vida, que apareció, también por un azar,

tan lejos de Tubinga y tan cerca

de un arroyo irreflexivo y triste,

seco ya para siempre,

donde lo único bello estaba en los ojos de un niño

que buscaba a Dios en el cielo de noches muy oscuras.

 

Osvaldo Navarro 

Advertisements
This entry was posted in Uncategorized and tagged , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s