Un poema de Arístides Vega Chapú

Pintura de Damyan Bumbalov

Pintura de Damyan Bumbalov

Observando la codicia

 

Sentados uno frente al otro (en posición de loto)

en área supuestamente neutral

observando, ajenos al peligro,

la confrontación en que algunos pierden

y otros asumen

ser vencedores de la codiciosa batalla.

Nos sobrevuela un ave que agoniza,

cada vez con más pereza

extiende sus alas mecánicas,

auxiliándose del eco

de unos insistentes graznidos

que se vuelven estruendosos

al juntarse con la fuerza del aire.

De manera vengativa nos condiciona

a su sombra derivada de la infracción

de quien levantó vuelo

aún cuando sabía de su caótico estado.

Para luego de fallidas piruetas descender

con cierta ondulación de quien posee el poder

para amortiguar la caída,

hasta abrogarnos.

Como si fuéramos la sombra,

como si fuésemos quienes agonizamos

como si hubiéramos caído en ese profundo hueco

que supone una sombra expuesta desde el dolor

y estuviéramos próximos a ese punto

en que la gravedad logra desaparecer todo.

Perfeccionamos nuestra pose

de sumisión (temerosos

de dar un paso en falso)

quizás por ello me pediste permanecer

en silencio, en posición de loto.

Es juicioso no llamar la atención, aseguraste.

Impresionados por lo que apreciábamos

muy cerca de nuestro alcance

enfrentamiento mortal

entre quienes minan el terreno a su antojo.

No digo, no hago, reservo lo que pienso

pero sin sufriente valor para disponerme a entrenar

y lanzarme al precipicio

en cuyo borde permanecemos.

Sucedió cuando estabas a punto de comentar

sobre el descenso del precio del petróleo

y la súbita subida de los gramíneos,

luego quedaste extasiada

con la lila florecida a nuestras espaldas

donde suponíamos un terreno baldío

y me hiciste saber cuánto admirabas a los egipcios

para justificar la imagen de tu nuevo peinado.

Mientras transcurría la discordia cerca de nosotros

cubriendo el largo trecho que nos separa del resto

me entretuve buscando el camino

que propiciaría mejor visión.

Merecimiento de ser testigos del enfrentamiento

donde no media argumento alguno

sin la más mínima coherencia para resanar

al menos uno de nuestros días.

No me quedaba por contar ninguna de mis glorias

y no había nada a nuestro alrededor,

como un paisaje barrido con meticulosidad,

donde ni siquiera se hacía visible el cuerpo del ave

que agonizando

había extendido definitivamente sus alas

sobre nosotros.

 

Arístides Vega Chapú

 

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