Un poema de María Isabel Amor

El movimiento del cielo

 

Trae una luz interna, se desliza como agua.

Nunca va a cambiar ese movimiento, por su extraña belleza,

ausente está en nosotros, y cae en una ciudad.

París fue la ciudad que abandoné.

No tenía 30 años.

Supo ella recogerme en sus torres, sin darme cuenta.

En las tardes, los árabes

tocaban en los balcones música de cuerdas.

Eso anunciaba que me iría de allí,

para siempre.

Tuve un vestido color blanco,

y terminé los estudios sin torres de marfil.

Bajo mi brazo derecho, había conmigo una frase.

Para mí no existes más que tú, rue des Arènes,

pero tuve que dejarte junto al Sena.

Sí, es por allí que cambia el cielo.

Los que ahora me reciben son circularmente lentos,

como un pozo, crudo y blanco.

Ya no puedo fotografiar nada más.

Todo terminó un día en la estación París-Austerlitz,

a una hora convenida por esta pena agridulce,

de todas las tardes.

 

María Isabel Amor

 

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