Mis recuerdos del Mercat de Sant Antoni

(Foto y mi escrito tomado de la página de Amics del Mercat Dominical de Sant Antoni)

Volver a Barcelona es siempre volver a casa. Ahí están amigos entrañables, ahí me aguarda el Mercat de Sant Antoni los domingos al amanecer. Mi catalana predilecta me espera impaciente fumando un cigarrillo tras otro en una esquina del Eixampe. Ahí nos abrazamos como si fuéramos personajes en algún film noir de los 40. Ella es Cagney y yo Barbara Payton. Viene con un plan trazado. Primero una parada en el boliche de La China. Un café, o un cortado, los bocadillos de jamón y queso y su perenne ¨Madreselva¨. Se suman varios amigos y emprendemos el peregrinaje. A primera vista el Mercat de San Antoni me causa una ansiedad profunda; quiero comprarlo todo. Caminamos a veces juntos, a veces me quedo rezagado en las mesas de uno o dos euro. La catalana se encarga de despertarme del letargo con un “ManuelllllllllAAAAAAAA”. Me reincorporo al clan. Llegamos a otra parada y encontramos tesoros. Parecemos gladiadores, cada uno con un libro en alto. Seguimos. Finalmente y después de cientos de títulos y ediciones, llegamos al puesto de la Santi, la mejor sonrisa de Barcelona. Ahí algo se me va a pegar, siempre encuentro un libro que no puedo vivir sin llevarlo. Siempre pienso que me puedo encontrar con Terenci o Gil de Biedma en mis recorridos por Sant Antoni. Incluso, juraría que ambos me han sonreído en algún momento, que me han empujado hacia un libro que dudaba llevarme. Me han rozado con su abrigo cientos de veces y yo he permanecido callado hasta ahora, porque estaba seguro que ellos querían mantenerse ocultos en la muchedumbre. La catalana alza la mano como lo hacen las guías turísticas por La Rambla y me avisa que es hora de otro cortado. No quiero marcharme, no quiero perderme un minuto del gentío que cada domingo se da cita en Sant Antoni. Una pátina de nostalgia me cubre el rostro. Si existiera un hada madrina o una bruja que con su varita mágica me cumpliera un deseo, sin dudarlo le pediría: “déjame en el Mercat de Sant Antoni eternamente, déjame compartir los domingos con mis amigos, déjame con Terenci y sus ochenta intimas amigas…”

Manuel Adrián López
Inwood, New York

 

 

 

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