Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Elena Tamargo (Hoy día de su cumpleaños)

Foto de Marta Ramos

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Hay que vivir el momento

 Antología de boleros

Selección y prólogo de Elena Tamargo

                               Prólogo

Precisamente porque no se habla del amor en el vacío, sin una experiencia sedimentada en la trastienda del alma, sin un avatar referencial específico, que garantice los diversos e impredecibles despliegues del discurso,  es mi propia  vicisitud amorosa, mi propia biografía intelectual sobre materia tan escurridiza y vilipendiada, siglo tras siglo, como es el amor, la tierra apropiada para resembrar ese huerto  que ha de estar asimilado en mi generación  sólo por ósmosis, porque fueron nuestras canciones de cuna, olvidadas muy pronto, y en detrimento de nuestro menú sentimental, cuando una lengua paralela desmitificó de golpe ese valor legítimo, en pos de una nueva cultura, de un desdeñado buen gusto, apartado de nuestro imaginario. Pero era necesario sentirse enamorado, acaso de nuevo enamorado, para recuperar esa raigal sentimentalidad latinoamericana para la reflexión, la poesía, o simplemente para preservar esa pasión que nos identifica, y que pese a los desdenes modernizantes se ha salvaguardado de los embates del fin de siglo, que tantos estragos amorosos va dejando por el mundo occidental, del cual somos hijos.

Así como una parte de la humanidad ha muerto sin leer el Werther de Goethe, otra muere sin escuchar a Olga Guillot, y este elemental arribo intelectual podría explicar la reapropiación extemporánea de un género exclusivo hasta ahora de los más extravagantes y decadentes hombres de una época , vistos así a los ojos de los representantes de las llamadas altas culturas.

Mi exploración en este encuentro pálido con el bolero, y su efecto en el mundo exterior a través de la conciencia amorosa, es de interés lírico, es de vocación poética, en tanto aquí pueda ser entendido lo poético como lo místico, es decir la fe en el amor como acto artístico, excepcional y no permanente. De ahí que por mi vena discursiva circulen muchas sangres, inocentes, salvajes, intuitivas, vulgares, y me vanaglorie de mis fuentes: mi madre, la radio de mi infancia, los negros de mi barrio, las vitrolas prohibidas que las niñas debíamos evitar escuchar al pasar cerca de ellas, los tristes, los alcohólicos, los amantes, los choferes de largas carreteras que cantaban bajito para estar menos solos.

No he hecho, a fin de cuentas, sino cubrir con la memoria un vacío teórico del cuerpo desnudado del bolero. Léase entonces mi libro como un cancionero imprescindible a la altura de la media noche, cuando se han cerrado las vislumbres del pensamiento para darle paso a la anchura seductora inhollada en la conciencia con su irreprimible deseo de ganar para el sentido todo aquello que permanece en las márgenes del saber.

El bolero es tal vez uno de los más excepcionales cuerpos vírgenes que habita las periferias de nuestras capitales latinoamericanas como materia sagrada, irreductible al conocimiento, exenta de la conquista intelectual y de las hermenéuticas interpretaciones tan de moda.

Este objeto silvestre, que sólo suena en el mundo en la voz de los cantantes y en el susurro de los enamorados, no será violado sino en las penumbras autorizadas de este lado del mundo, sin desalojarlo, desde luego, de sus mejores joyeles. Este libro está hecho para invitar al canto, es un libro amoroso, para ser usado en el itinerario dulce del enamorado hispanoamericano, reducto seguro de nuestro sujeto literario. Como toda antología esta selección  parte de la subjetividad y la nostalgia de quien la escribe, pues no es el bolero sino ese recuerdo confuso de la voz de mi madre o la radio enloquecida de mi entonces tan alegre islita.

El realismo del bolero, sus argumentos emblemáticos, sus diseños verbales, su raigambre profunda en el imaginario colectivo, conforman la identificación del enamorado como el efecto ante el espejo, o su adopción como su propia lengua amorosa. Nuestra Provenza desplazada, conservada en el formol del atraso y la tradición férrea de finales del siglo pasado y principios de éste, pudo acunar el bolero y forjarlo en nuestra comunidad sensible, por su falta de aviso, su inocencia, su dinámica de lengua iniciática,  ritual, reconocida por contigüidad o similitud a lo amoroso. Lo que el discurso del bolero desarrolla a través de su emblemática del avatar amoroso es una reordenación de la experiencia amatoria, como es vivida individualmente cada día, amado o no, mediante el mismo fenómeno de purificación del alma que los griegos llamaron catarsis, pero con una finalidad específica de convertir el acto individual en concepto colectivo.

Como lenguaje iniciático, el bolero no encuentra correspondencia en los imperativos occidentales modernos, cuyo móvil sigue siendo la novedad del acto intelectual, porque el bolero sólo encuentra su espacio en la práctica estética colectiva, cuyo semejante inequívoco sigue siendo el concepto artístico de la Edad Media donde, por cierto, bebieron primero los románticos alemanes, inventores, al fin, de ese espíritu que artísticamente sólo sigue viviendo en el bolero; esta estética, como la medieval, responde fiel a la demanda exigente de la comunidad, y sus recursos no son otros sino los de la tradición, cultivada según las diferentes formas de expresión masificada, por esto no podríamos insertar al bolero en la tradición oral hispanoamericana como a la décima o la improvisación poética.

Como todo acontecimiento artístico fuerte es palpable e indiscutible su evolución, mezclada con otros ritmos, su instalación en cada cultura nacional y sus exponentes específicos, así como, sin duda, su roce permanente con la poesía de cada etapa. Del torrente de materiales e influencias del que, a fin de cuentas, se fue constituyendo en su paso continental se fue formando su cuerpo expresivo de carácter mestizo, pues como rito colectivo le debe tanto a la tradición popular  africana como a la hispánica

Después de más de un siglo de vida, cualquier enamorado de esta tierra, cree que un bolero al menos le pertenece, que esa tragedia es la suya, que él es su letra, que ese es su culto, y quedamos así ante el bolero de todos; es ésta la poética principal que anima todo discurso bolerístico, espejo en sus despliegues discursivos, lengua natural del amor en Hispanoamérica.

 

E.T.

 

Elena Tamargo. Filóloga, poeta y ensayista. Traductora del alemán. Especialista en la enseñanza del español como segunda lengua. Premio Nacional de Poesía de la Universidad de La Habana, Cuba, 1984. Premio Nacional de Poesía de Cuba, “Julián del Casal”, Unión de Escritores y Artistas de Cuba, 1987. Doctora en Letras Modernas, Universidad Iberoamericana, México, DF. 2001. Candidata a Doctor en Letras Comparadas, Universidad Lomonosov, Moscú, Rusia. Maestra en Letras Modernas, Universidad Iberoamericana, México DF, 1998.Licenciada en Filología, Universidad de La Habana, Cuba 1988. Ha publicado más de diez libros de poesía, ensayo e investigación. Su obra ha sido antologada y traducida en diferentes países y a varios idiomas. Entre sus títulos se encuentran, Lluvia de rocío, Sobre un papel mis trenos, Habana tú, El caballo de la palabra, Bolero, clave del corazón, Hay que vivir el momento: 101 bolerosPoesía de la sombra de la memoria y Días ya vacíos. Falleció en Miami el 20 de noviembre del 2011.

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