Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Ana Cabrera Vivanco

(Fragmento del primer capítulo de la novela “Los amantes clandestinos”, de Ana Cabrera Vivanco, que se publica por Grijalbo el próximo 6 de abril en España.)                                                                                                                

El meu avi, el meu avi, el meu avi

               El meu avi va anar a Cuba a bordo

                                                                                   del  Catalá.

                                                                                  El millor barco de guerra de la flota

                                                                                  de ultramar.

                                                                                                     El Meu avi

  (Habanera)

Joaquín Alegret, catalán de nacimiento, cubano, por lazos del corazón y ciudadano americano por culpa de una emboscada del destino, murió en las primeras horas de un amanecer de octubre en una clínica privada de Miami con las manos de su mujer, atadas a las suyas y sus dos hijos y nueras, abrazados, velando al pie de su cama. Hasta el minuto final mantuvo la disciplina de un cabeza de familia y contó con los arrestos suficientes para dictar a sus seres más queridos su última voluntad. Ordenó por prioridades cómo tenía decidido que fuera su funeral: las canciones catalanas que quería le dedicaran, el color de las insignias que  habrían de cubrir su féretro, los gastos innecesarios que preferían que se ahorran con las ofrendas florales que al fin y al cabo no valían la pena, y las lágrimas que tampoco merecían  ser malgastadas, porque las únicas lágrimas que merecían derramarse en esta vida no eran las que nacían de la pena sino de la felicidad.

Hacía más de cuatro décadas que echaba en falta su Cataluña natal, pero bastaba que cerrase los párpados para visionar la franja rosa que clareaba sobre el Mediterráneo aquel amanecer de abril de1924 cuando el barco que lo llevaría a Cuba, emitió un último silbido anunciando que zarpaba del puerto de Barcelona, dejando atrás su ciudad, alborotada de gaviotas bajo el primer atisbo de luz de la mañana.

Si algo se llevó a la tumba y no le contó a nadie, fue el flashazo premonitorio que le trajo la memoria, la noche que le sobrevino el ataque al corazón y le hizo caer doblado en la bañera clamando por su mujer con el alarido de socorro que le arrancó el dolor.  Fue curioso que en ese justo momento su mente focalizara con entera nitidez  la figura anciana y fúnebre de aquel judío vestido de negro impenetrable que compraba y vendía libros viejos en una vieja callejuela de La Habana con quien no medió más trato ni intercambió que los libros y la frase sentenciosa que supuso borrada de sus recuerdos y retuvo en su conciencia sin querer. “Lo único que tenemos en común las aves migratorias como usted y como yo, señor Alegret, es que el día que nos toque pasar a mejor vida, nos despediremos de esta con el adiós que a cada cual le corresponda en su lengua”. Seguramente al judío que era ya bastante anciano, en  la época en que él se consideraba todavía lo suficiente joven como para no tomarse en serio otros lances que no fuesen los del amor y los retos impuestos por la vida, le había tocado su turno de partir al otro mundo, diciendo adiós en hebreo.  Pero razón le sobraba. Llegada su hora definitiva, lo último que le escucharon decir a Joaquín Alegret, fue una frase pronunciada en catalán que brotó de su garganta con un impulso tan vivo que el reducido grupo de allegados que le acompañaban recibieron el fogonazo de su voz con un fugaz destello de esperanza.  Los rezos y los sollozos se cortaron en seco y los ánimos se aligeraron de repente despestañando la ringlera de madrugadas en vilo que tenían abigarradas tras  los párpados. Por un instante las pupilas pendientes del enfermo que yacía en la cama, se desviaron del cuerpo que se fundía a la muerte para perseguir el revoloteo del alma que por un mínimo instante se elevó por encima de ellos prendida a las sílabas que aún flotaban dispersas en el aire hasta quedar difuminadas en la polvareda diáfana  que clareo la habitación con el primer rayo de sol de la mañana.

 

Ana Cabrera Vivanco, periodista y escritora, nació en La Habana, Cuba, en 1950. Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana, trabajó como articulista en el diario Juventud Rebelde. Es autora del ensayo El misterio de la sacerdotisa de Eros y de La voz del silencio, biografía novelada de Dulce María Loinaz.

La autora reside actualmente en España, donde trabaja como ensayista y colaboradora en diversas publicaciones digitales sobre temas hispanoamericanos. Tanto su primera novela, Las horas del alma, (Grijalbo, 2009) como Las cien voces del diablo (Grijalbo, 2011) le han granjeado los elogios de la crítica y el favor de los lectores.

Con Los amantes clandestinos, Ana Cabrera Vivanco se consolida como una narradora sutil y sensible, capaz de reflejar como nadie la nostalgia de quienes tuvieron que emigrar de la Cuba comunista.

 

Advertisements
This entry was posted in Uncategorized and tagged , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s