Marzo, Mes Internacional de la Mujer – Giovanna Rivero

Figuritas fosforescentes 

Uno es lo que hace. Si usted hubiera trabajado despedazando las cosas, las orejotas de Mickey Mouse, la mallita que usa el Hombre Araña para que no se le enganchen las pelotas cuando se la tiene que bardear, me entendería. Yo mismo no me di cuenta de mi transformación, parecía cansancio nomás, estrés le dicen. Llegaba a la casa, me tumbaba en el catre y cerraba los ojos. Pero seguía viendo al Hombre Araña y a Mickey Mouse hechos pedacitos, la oreja o la mano huérfana separadas por algún borde curvo o filoso, según el molde que les haya tocado. Entonces apretaba más los ojos, más y más, hasta que dolían y sólo veía estrellas, espirales, unas figuritas fosforescentes de distintos contornos, ¿se da cuenta? Debí cambiar de trabajo ahí nomás, pero es que ya venía dejando dos pegas y yo quería, quiero ser un hombre consecuente. Antes, me dedicaba a echar fuego por la boca. “El dragón de la Grigotá” me decían, porque me paraba en esa rotonda para hacer el show. Usted agarra un palo de escoba y le ata en la punta un trapito humedecido con kerosén para armar su antorcha, su instrumento de trabajo. Cuando paran los vehículos usted se mete a la boca un buchecito de kerosén y se acerca esa tea revolucionaria. Hay que tener cuidado de escupir inmediatamente el líquido, ahí nomás aparece la llamarada y la gente piensa que uno echa fuego, igualingo a los dragones. Mi show era superior a Drácula porque yo lo aderezaba con unos gritos al estilo Jackie Chan, ¿ha visto usted esas películas? Buenísimas.  Y a veces hasta me animaba a levantar la pierna como karateka. Lo malo fue la acidez, quieras o no el kerosén se va entrando al organismo hasta que a uno se le jode la garganta y el estómago. Noches enteringas me las pasaba sentado, eructando a kerosén, una maldición.  Yo no me acercaba a Lola para no asquearla con mi tufo; al final, tuve que dejar el negocio. Pero más temprano que tarde apareció la pega de reidor. Cerca del Cuarto Anillo hay una peña donde se le ofrece al cliente toda clase de números, es un programa bien surtido, música al vivo, striptease, bingo, y lo mejor de todo, los chistes. Fue ahí que me “descubrieron” como se dice. Yo había ido a olvidar mis penas, que nunca han sido pocas, ya ve usted, y me reía como si un millón de dólares en mi cuenta bancaria avalaran semejante felicidad. La gente que estaba en mi mesa se reía todavía más de escucharme a mí,  así que esa misma noche me contrataron.  La pega consistía en pararme al lado del humorista, un enano maldito para la mímica, y hacerle la coreografía con mis carcajadas. Era bonito al principio, pero después, cuando me aprendí de memoria todingos los chistes, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para reírme; llegaba a la casa con la cara adolorida, los cachetes macurcados, mi mandíbula batiente hecha polvo, con decirle que no podía ni cepillarme las muelas, así que la dentadura se me empezó a cariar, tuve que hacerme poner estas dos coronas de oro delanteras. No sabía yo que a alguna gente el oro le da asco, figúrese. Me echaron de la pega. Pero nada sería eso, sino que se me quedó la maña de andar riendo, como si fuera, pues, mi obligación. Y yo creo que ahí empezó todo, este malentendido que tuve con Lola, mi mujer. Porque no crea que con haber aceptado el tercer trabajo me olvidé de reír. Fíjese que hasta en pleno velorio, por llorar, río, y no es que yo no tenga sentimientos, me duele en el alma, se me estruja el corazón, lo tengo hecho añicos, un dolor inmenso, más ácido que la acidez del kerosén, un dolor que ya le cuento; pero claro, en vez de llorar, río, río y río, un problema… Nunca acepte reír por plata, se lo aconsejo.

Y le digo más, uno es lo que hace. En el tercer trabajo, nada del otro mundo, yo sólo tenía que pasar las cartulinas con la imagen del Hombre Araña o de Mickey Mouse bajo la guillotina, siguiendo el molde que correspondía. Luego plastificaba y el rompecabezas estaba listo. Usted debe creer que un trabajo así es de lo más simple, nada peligroso, un producto para niños, ¿no? El problema, le hago recuerdo, es que uno se cansa de ver la realidad en pedacitos; usted aprieta sus ojos y la sigue viendo, y después todo se mezcla, las orejotas de Mickey Mouse con las manos tarantulosas del Hombre Araña. Todo, todingo se mezcla, la risa, y las espirales fosforescentes, los sapos y culebras con los rayos y centellas. Y el reclamo de Lola. Que yo no era lo suficientemente hombre para ella, dijo, porque llegaba agotado y enseguida me dormía, sin cumplirle, y que se iba a buscar otro. ¿Otro? No pues, Lolita, si yo te amo, le dije, todo lo que hago lo hago por vos, hasta he dejado mis trabajos nocturnos para estar a tu lado, pero te prometo que mañana voy a llegar chalinga. Entonces ella dijo que no se iba a buscar otro, porque ya lo tenía, que era un teniente, dijo, imagínese, y que ¡a llorar al río!, remató. Yo de verdad verdadera quise llorarle, le juro, no sólo para enternecerla, sino porque así lo sentía en mi pecho, apretándome ese nudo ciego. Lolita, Lolita, tormento mío, tormenta perfecta, Lola de mi corazón, por favor…  Y, claro, en vez de llanto, me salió la risa, la maldita risa. Lola se puso furiosa, se abrió la blusa y me mostró dos chupones, de vampiro, mirá, dijo, mirá bien, pa’ que sepás que ya no te necesito en mi cama. Y yo riendo, riendo, no quería, no, no. Meneaba la cabeza. ¿Ha visto usted la película del Hombre Lobo que se amarra a un tronco en la luna llena? Me pasó igual. Yo hubiera querido que alguien me atara esta mano, pero no, ahí sólo estábamos Lola y yo, acabando de cenar. Agarré el cortaplumas con que pelábamos naranjas y se lo chanqué. Se lo chanqué con dolor, dolor inmenso que no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Sin verle la cara, porque sólo se me aparecían las figuritas fosforescentes. El cortaplumas entrando ciego, casi sin esfuerzo, en su cuerpo blando, y yo riendo, cuando quería gritar, riendo, riendo, veía al Hombre Araña hecho jiras, los rompecabezas para chicos, el guante de cuatro dedos del maldito ratón, y la fui destrozando a mi Lola, tormento mío, destrozando, viera usted cuánto horror, el crujir de algo dentro de ella que se tronchaba para siempre, y yo imaginando a Mickey Mouse, a su carcajadas.

Por eso, a su pregunta, sólo puedo decir en mi defensa que uno es lo que hace para obtener el pan de cada día, señor Juez. Sé que a usted la parecerá estúpido que yo le llame a esto “accidente de trabajo”, pero ¿qué otra cosa es? A ver, dígame, usted que sabe. Usted que ha visto y perdonado tantos casos como el mío. ¿Qué otra cosa es?

 

Giovanna Rivero (Bolivia, 1972). Ha publicado libros de cuentos y novelas, entre los que destacan Sangre Dulce (2006), Tukzon (2008), Niñas y detectives (Bartleby, 2009) y Para comerte mejor (Sudaquia, 2015; El Cuervo, 2016); las novelas Las camaleonas (2001), y 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya, 2014; Random House Argentina, El Cuervo 2016). Sus cuentos han sido incluidos en numerosas antologías en diversos idiomas.

El año 2011 fue seleccionada por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como uno de “Los 25 Secretos Literarios Mejor Guardados de América Latina”. Obtuvo un doctorado en literatura latinoamericana en University of Florida, en 2015. Con su cuento “Albúmina” obtuvo el premio internacional de cuento Cosecha Eñe 2015.

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