Un relato de Luis Antonio Rodríguez (Laro)

Crónicas de un accidente

Cuando abrí mis ojos, montaba un vehículo todo terreno.

Luis Francisco Cintrón, “La miel de la espiga”

 

Al tomar el volante, la emoción se apoderó del corazón de Stanley como la espuma de un refresco carbonatado. La expresión de su rostro no dejaba ninguna duda de la felicidad que tenía en ese momento. El miraba a los otros niños correr hacia sus respectivos carritos gritando de alegría. Al apretar el acelerador, Stanley soltó un grito de aventura, y se dirigió hacia el auto más cercano y lo chocó con fuerzas.

Stanley, sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la niña que conducía el carrito rojo detrás de él. Se llamaba Iris, y estudiaban juntos en el colegio. No tardó tanto en chocar su carro contra el rojo enemigo. Ambos niños rieron, y Stanley la saludó en señal de complicidad. Más contento que nunca, volvió a acelerar su carrito para chocar nuevamente al carrito de al frente. En esta ocasión le dio tan fuerte que Stanley casi se sale del asiento. Sentía la adrenalina correr por sus venas. Estaba muy feliz.

Stanley buscaba cual iba a ser su próximo carrito para chocarlo, antes de que lo chocaran a él. El disfrutaba la música de feria que le alegraba el alma. Estaba convencido de que su papá iba a estar orgulloso de él, cuando le demostrara que iba a ser el que más carritos chocara y, de seguro, que tan pronto se acabara el juego lo iban a llevar a comprarse un algodón de azúcar. Justo cuando ya estaba virando para chocar a su nuevo adversario, lo chocaron por el lado, la música se detuvo y fue la señal de que se acabó el tiempo de diversión.

Alguien había metido la mano por la ventana y apagó el auto. Stanley, entristecido porque se había acabado tan rápido la atracción, sacó su bastón, movió la pierna izquierda y salió con mucha dificultad. Parecía centenario, su cabeza crepuscularia se asomaba por entre los espacios abiertos que dejaba su cabello grasoso y canoso. Tenía una chaqueta poliéster abrazada de cuadros que presentaba a gritos el estado comatoso del tiempo en aquel cuerpo casi sin alma. Su piel blanca-verdosa parecía que en cualquier momento se podría derretir. Poco a poco fue deslizando los pies hasta parecer pasos y se movió frente a su auto. Con una mano se aguantaba del bonete y con la otra sujetaba el bastón marrón oscuro que lo mantenía en posición vertical.

Algunos transeúntes sorprendidos se habían detenido a mirar aquel incidente. Otros corrieron hacia el interior de los edificios, quizás por el miedo de que fuera otro ataque terrorista. Todavía el humo azul grisáceo, que se produjo por la fricción de las gomas, flotaba en el aire. This guy shouldn’t be driving…he’s ninety-five years old! Is he crazy?! God damn, decía uno de los guardias de un edificio cercano, que al parecer conocía a Stanley. La señora que guiaba el auto de atrás de Stanley no descansaba de practicar los insultos que se había aprendido durante toda su vida. El chofer del auto de al frente seguía tratando de comunicarse con su compañía de seguros, mientras esperaba que llegara un policía. La calle estaba muy congestionada. Era un caos.

Mientras tanto, Stanley se alejaba parsimoniosamente del lugar, escuchando las risas de los niños de la feria, en dirección a la avenida Broadway, en busca de un algodón de azúcar, y pensando en cuál será el próximo juego.

 

Luis Antonio Rodríguez (Laro), científico ambiental, fotógrafo y escritor puertorriqueño-dominicano. Ganador del segundo lugar, categoría comunidad, en el Laudo XXI Certamen literario Poesía, Cuento y Ensayo de la Universidad Politécnica de Puerto Rico, 2016.Ha cultivado la poesía y la narrativa desde muy joven. Su trabajo creativo ha sido reproducido por diferentes bitácoras, páginas cibernéticas, así como varias antologías. Tiene tres poemarios publicados: Entre la sombra y el albedo (1996), Versos clandestinos (2001) y Amor de superhéroe (2016). En su nuevo trabajo literario, Rush Hour y otros relatos para leer en tren (2017), visita por primera vez el mundo de la prosa.

 

Este domingo se presenta su libro, Rush Hour y otros relatos para leer en tren en

 

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