Fragmento de la novela, “El mundo después”, de Alejandro Varderi

El mundo después (Verbum, 2018)

 

El mundo después (fragmento de novela)

Alejandro Varderi 

Rafael recogió sus cosas, tras la hora de meditación y tai chi en el jardín, y entró a la casa para ducharse y sentarse a cenar. Paul preparaba una creamy chicken casserole con la receta de su madre, donde no faltaba la panela de mantequilla, la crema agria, y la crema condensada de caldo de pollo en lata puesta a darle esa pegajosa consistencia que el procedimiento requería. Rafael, pensando en su colesterol, hubiera preferido un pescadito a la plancha y una ensaladita; pero cómo decirle no a los esfuerzos de Paul en las artes culinarias, cuando ya estaba completamente recuperado del cáncer de próstata y aquel instrumento, por tantos meses a media asta, volvía a ondear en todo su esplendor.

“Life is good”, se dijo. Sí, la vida era buena; especialmente cuando se miraba desde el porche de una casa de dos pisos, emplazada en un arbolado prado de New Jersey. Aún hoy Rafael se maravillaba de su suerte pues, en vez de irse por los precipicios donde tantos de sus compañeros de generación habían caído, llevaba una existencia casi tan bucólica como la de su heroína Samantha en “Bewitched”, o “Hechizada” tal cual llegaba la serie a la Caracas de su infancia. Entonces la veía doblada y en blanco y negro pero hoy, con solo escribir el título en YouTube, podía disfrutarla en inglés y a todo color.

A veces le daban las cuatro de la mañana siguiendo las peripecias de la familia Stevens o del delfín “Flipper” o de “El fugitivo”, y tenía que obligarse a apagar el ordenador para acompañar a su marido en el sueño. Si bien este no le exigía madrugar, a fin de tenerle el desayuno a punto cuando saliera trajeado del cuarto para ir a trabajar, tal cual ocurría con la famosa brujita. Pero tampoco vivían en la década de los sesenta del pasado siglo, sino en la segunda de un nuevo milenio donde tantas revoluciones habían ocurrido. “Algunas odiosas como la bolivariana y otras gloriosas como la tecnológica”, pensó, escaneando las páginas de la oferta sexual local.

Con la reactivación al cien por cien de las facultades de Paul habían vuelto a reanudar los encuentros con terceros “que siempre le añadían su ají picoso a la relación”, tal cual aconsejaba un compañero mexicano de tai chi para quien, si la tortilla sabe mejor con la mugre de la mano, otro cuerpo definitivamente sazona más intensamente el guiso conyugal. Así que ellos tampoco dejaban de hacerse con un hueco, nunca mejor dicho, en la mesa amatoria cibernética por donde circulaban todos. Una mesa pródiga en apetitosos y variados platos disponibles en las abultadas, también nunca mejor dicho, aplicaciones almacenadas dentro de sus teléfonos inteligentes.

Entre tanto artilugio móvil, y abundancia de lugares sociales y sexuales flotando por el firmamento virtual, Rafael, tan impresionable e inestable, estaba un poco sobrepasado, overwhelmed habría dicho Paul; y a veces tenía que cerrar las páginas, apagarlos completamente y desconectarse, ensayando las posturas, no genitales sino marciales, para poder “manejar mejor el estrés” tal cual le recomendaba siempre su psiquiatra.

Y es que el planeta giraba tan deprisa, que del iPhone de primera generación, al de octava donde se encontraban hoy, habían pasado apenas ocho años. “Una generación por año”, razonó para sí mientras se desvestía. Algo que no dejaba de sorprenderle, pues antaño de una generación a otra mediaban por lo menos un par de décadas, si bien en este brave new world seis meses era toda una vida. Si no que le preguntaran a los milenaristas, nacidos con la tableta Apple bajo el brazo, de la cual no se despegaban ni para ejecutar las funciones más íntimas. De hecho, el último muchachito con quien se acostaron no soltó la suya, aún en los momentos más álgidos del retozo amoroso; haciéndose selfies mientras lo penetraban y filmándose en video entre mamada y mamada. Por supuesto, todo muy self centered, como eran todos ellos; ajenos a cualquier cosa que no empezara y terminara en el radio limitado por su propio yo.

“A veces siento nostalgia al recordar el cruising de antes, cuando caminabas hambriento por la calle a ver qué cazabas o te metías en un club de sexo y podías cortar con un cuchillo la electricidad del sitio donde colectivamente se gozaba del mejor postor”, evocó, encuadrando un primer plano de su miembro erecto, que inmediatamente subió al perfil en adam4adam.com. En eso llegó Paul con una cucharada de casserole haciéndosela probar, a ver si le faltaba sal o algún otro condimento. “Perfect!”, exclamó él, yendo presuroso al baño a tomar un buche de agua a fin de mitigar el sabor del sodio, tan pronto su marido volvió a la cocina.

Pero así era la convivencia: estirando aquí, aflojando allá, negociando esto y aquello, estallando en un arrebato maluco para después reconciliarse y pedir otro plato de casserole. “Nadie dijo que vivir con alguien fuera fácil pero aquí seguimos”, reflexionó enjabonándose la espalda. Efectivamente, los meandros y atajos por donde las parejas suelen extraviarse del otro, no habían desintegrado el afecto que pudiera existir entre ellos; los había más bien afinado dentro de una existencia en compañía, donde cada uno aprendió a vivir sus aventuras separadamente, sin abandonar a quien más querían. De ahí que Rafael preparara un recorrido en solitario de varias semanas por el Lejano Oriente para visitar monasterios, templos y escuelas de artes marciales, donde probablemente fomentaría conexiones gratamente cercanas con algunos practicantes del milenario arte, cuyos bien desarrollados sables y espadas posteados en las páginas de internet presagiaban gratificantes intercambios. Y Paul guardara una lista de presentes y pasadas conquistas, a contactar en su próximo viaje de trabajo.

El olor de la casserole se extendía tenaz por las habitaciones de la casa y Rafael salió de la ducha dispuesto a comerse, si no el mundo, sí una generosa porción del platillo, a fin de amortiguar cualquier sentimiento de culpa que pudiese aflorar entre sus bromelias y orquídeas. Otra pasión suya la de la jardinería, heredada de la madre; si bien en ella resultó ser la distracción necesaria con que soportar las infidelidades de una media naranja demasiado amarga. Por eso su hijo la invitada con frecuencia a visitarlos, y ella podía pasarle a Rafael algunos tips, no solo para mantener el brillo y esplendor de las flores, sino la buena salud del matrimonio.

“Ay hijo estoy preocupadísima por tu hermano —comenzaba un correo que ella le había enviado y Rafael releyó mientras se vestía— porque la empresa eléctrica donde es ingeniero está siendo investigada por fiscales federales y estatales de Nueva York, debido a posibles violaciones a las leyes bancarias del Estado y el pago de coimas para obtener ventajas a la hora de hacer negocios. Una práctica prohibida por la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero, según leí en la prensa española hace unas semanas. Al principio no me asusté, porque me imaginé que únicamente iban contra su fundador, uno de los llamados ‘bolichicos’, pues apenas cruzan la treintena y ya se han enriquecido a manos llenas como contratistas del Estado; pero ayer llegó a la casa muy alarmado. Parece que lo contactaron de la embajada norteamericana y quieren hacerle una declaración jurada donde, como profesional de la firma, tendrá que responder a las preguntas de la fiscalía. Por lo pronto no ha dicho ni sí ni no, aunque lo están presionando desde muchos lados para que no hable. Me confió que quizás tenga que salir del país, antes de que Estados Unidos emita un auto de detención en contra suya”.

Rafael no se extrañó lo más mínimo, tras leerlo esta segunda vez, porque siempre auguró un futuro turbio para su hermano menor, aún en pañales cuando él se decidió a dejar Venezuela. Y es que repasando su trayectoria profesional la conclusión no podía ser otra, pues le gustaba demasiado el dinero y nunca había tenido escrúpulos acerca de cómo conseguirlo. Por eso cuando se alió con aquellos jovencitos del jet set vernáculo imaginó que no iba a terminar bien, dada la fama de traficantes no solo de ellos, sino de unos padres también señalados por la antaño justicia de la Cuarta República. “Definitivamente, este muchacho no aprende”, aventuró para sus adentros Rafael. Aunque su pobre madre no tenía culpa alguna, así que le había prometido hablar con un amigo de la Fiscalía de Nueva York a ver si podía interceder por él. “Tan distinto este pendejo, a quien mis padres consintieron hasta la saciedad, cuando lo comparo con el memorable Mario, cómplice de tantos alborotos y soterrados escándalos, en aquella Caracas tan vital de nuestra adolescencia”.

“Imagínate lo difícil que me resultó llegar a Nueva York cuando primero tuve que, para llegar a Caracas, dejar las montañas de Mérida donde la única esperanza de modernidad era que algún día pusieran una tienda Sears”, recordó también le había dicho Mario una vez, mientras construían un castillo de arena en Playa Lido y soñaban con el de algún príncipe encantado que les presentarían, cuando fueran estrellas de la danza en la capital de los rascacielos.

“Un desperdicio y una pérdida irreparable la desaparición tan prematura del querido amigo; y más cuando el hampón de mi hermano anda libre por ahí disfrutando del producto de sus oscuras transacciones. Si por mí fuera, que lo metieran preso a ver si escarmienta, pero todo sea por no darle otro disgusto a mami quien ya tiene suficientes problemas sin necesidad de añadirle uno más a la lista, si no de la compra, sí de los agravios y ultrajes que Venecuba le infringe a la gente un día sí y otro también”.

Desde el piso inferior le llegó a Rafael un bolero cantado por Olga Guillot, quizás para ambientar su descenso desde aquellas alturas, que Paul iba coreografiando en tanto ponía una mesa para dos, con sus velas y flores en el centro tal cual le gustaba a su marido. Y había sido Olga como una causalidad de la hora, el momento y la circunstancia a fin de no generalizar en cuanto a la herencia cubana fuera del castrismo; especialmente en aquellos manicurados céspedes de New Jersey, donde muchas familias con hondas raíces en la isla habían hecho casa, al perder la suya casi seis décadas atrás.

De hecho, los más inmediatos vecinos de la pareja eran habaneros trasplantados, primero a Puerto Rico y luego a Miami, donde se conocieron los años cuando esta ciudad emergía como la capital cubana en el exilio. Pero el bululú permanente de la calle ocho y una no muy velada homofobia, acabaron por hacerlos aterrizar en aquel vecindario, dable de ofrecerles una privacidad y protección, innecesarias hoy, pero fundamentales entonces. A veces Rafael cruzaba la hierba que los separaba y aceptaba un café, acompañado por unas rosquillas espolvoreadas con canela, dejándose llevar por las historias de quienes todavía conservaban títulos de propiedad de casas y edificios, que esperan recuperar apenas vuelva la democracia a aquel rincón antillano.

“Que no nos veamos nosotros también obligados a escuchar a María Teresa Chacín exilados y viejos, aventuró, rociándose con unas gotas de Bleu de Chanel para perfumar la noche. Paul sirvió los platos y se sentaron a cenar, dejando fuera el agradecimiento mutuo de tenerse lo que se extendiera con los olores, canciones y sabores; algunos más seductores que otros, advirtiendo el esfuerzo de Rafael por no hacerle un feo a la casserole y de Paul por no saltar a su predilecta música country.

Insignificantes ajustes entonces, si bien necesarios para no erosionar, aun cuando solo fuera imperceptiblemente, las bases de la convivencia, siempre prestas a desbaratarse por mucho esfuerzo puesto en asentarlas. De ahí que ambos anduvieran con pies de plomo, no fuera que con tanto trasiego de cuerpos y desplazamientos alguien se le atravesara al otro y estallara alguna crisis. Por lo pronto, Rafael tenía pasaje a Caracas el 8 de diciembre para regresar el 22, a fin de comerse la primera hallaca con la madre y el pavo con el marido. Ello, siempre y cuando no llegara a mayores el impasse del hermano, o American cancelara su vuelo por falta de pago del gobierno a las líneas aéreas internacionales.

“Me tocará viajar hasta Cúcuta y pasar la frontera en una moto taxi con la maleta en la cabeza. Eso si no me veo cruzando el río Táchira como un ilegal cualquiera”, profetizó Rafael, reparando en la creciente tensión con el país hermano, donde no faltaban quienes vivían en uno y trabajaban en otro, además de transferir bienes y servicios a ambos lados de la línea divisoria. Una economía de sobrevivencia entonces, salpicada por el narco, los paramilitares y los respectivos ejércitos, hasta fundirse en un guiso de tan difícil digestión como la casserole de Paul. Pero como a nuestros pueblos nadie les gana en optimismo, la gente se encomendaba a santos, vírgenes y potencias, y seguía atravesando puentes, quebradas y montes, arriesgando incluso la vida con tal de alcanzar el lado opuesto.

“Una prima viviendo en San Cristóbal, me aseguró que, según cifras oficiales, cuarenta por ciento de los productos básicos con precios subsidiados que se entregan a las cadenas de distribución son desviados ilegalmente a Colombia, además de gasolina equivalente a cien mil barriles diarios de petróleo, que el Ejecutivo considera como uno de los principales responsables de la grave escasez alimentaria. Obviamente, estas son cantidades amañadas y excusas del régimen ante la falta de productos básicos; tampoco se incluyen la mano de obra barata que Colombia suministra a Venezuela, muchas veces campesinos explotados por los mismos propietarios de las tierras. De hecho, ya en agosto pasado el régimen del innombrable cerró temporalmente la frontera con la excusa del contrabando y, de seguir así, no deberemos esperar muchos meses antes de que la crisis reviente y el ejército robolucionario empiece a sacar a la gente de sus casas para arrearla hacia Colombia como si fuera ganado”.

 

Alejandro Varderi es profesor de estudios hispánicos en BMCC, CUNY. Sus libros recientes comprenden el estudio De lo sublime a lo grotesco: kitsch y cultura popular en el mundo hispánico (Madrid: Devenir, 2015), la traducción El amor a Barcelona (Caracas: bid & co. 2016) y la recopilación de ensayos La pasión de ver: imágenes de la literatura y las artes (México: Opción-ITAM, 2018). Actualmente prepara la novela De aquí y de allá y el estudio Cámara, acción, reacción: cine e intolerancia en Iberoamérica.

 

Presentación de la novela El mundo después (Madrid: Verbum, 2018) de Alejandro Varderi, a cargo de Nuria Morgado, y lectura dramatizada del texto con participación del público asistente. Viernes, septiembre 21, 7pm – 830pm en McNally Jackson, 52 Prince St.

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