Un capítulo de “La mujer del cuadro” (Editorial Silueta), novela de Elvira de las Casas.

 

Garage Sale 

La casa de dos plantas, ubicada en la parte más elevada de la ciudad, tenía la fachada casi cubierta por carteles que anunciaban la venta. En el jardín habían colocado varias hileras de ropa femenina, colgada de percheros asidos a una barra de metal; y a su lado, sobre la hierba, dos cajas repletas de zapatos que a simple vista se notaba habían sido diseñados según la moda de muchos años atrás.

“No hay nada nuevo bajo el sol”, comentó mi amiga Carmen mientras se probaba unas sandalias de tacones altos y una delicada plataforma en la parte delantera.

Me recordaron unos zapatos que mi madre guardó por mucho tiempo porque los usó en sus primeros años de casada, a pesar de que ya habían caído en desuso. Y ahora volvían a marcar tendencia en las pasarelas, como dicen los reporteros de las revistas de moda.

Cuando me cansé de mirar vestidos y zapatos de fiesta dirigí la mirada a la puerta principal, donde estaba parada la señora encargada de la venta. Según nos había explicado cuando llegamos, ella no tenía ningún lazo familiar con la difunta, pero sus herederos la habían contratado para que recibiera a los compradores y les indicara el camino hacia el sótano, que era donde habían colocado la mayor parte de los artículos puestos a la venta.

“Bajen ustedes si quieren, yo las espero aquí”, nos dijo el señor Montoya, y yo sonreí pensando que la aversión que le tienen los hombres a la compra de artículos femeninos era superior al interés que mostraba aquel ejemplar masculino por las insinuantes curvas de una dominicana bonita.

La señora, con un rostro que delataba a la legua las ganas que tenía de terminar, nos señaló la escalera en dirección al sótano y se dispuso a esperarnos conversando con nuestro acompañante, mientras fumaba un cigarrillo.

Los muebles amontonados en el sótano eran suficientes para equipar una casa completa, pero lo que atrajo nuestra atención desde el primer momento fueron los adornos, posiblemente comprados por su dueña en diferentes partes del mundo.

“La señora debe de haber viajado por muchos países”, comentó Carmen mientras tocaba delicadamente unas jarras de cerveza con letreros que indicaban su procedencia: München, Deutschland. En la misma mesa había un frasco de cristal repleto de monedas, entre las que pude distinguir pesetas, dólares canadienses y estadounidenses; delantales y manteles italianos primorosamente bordados y doblados con cuidado, bandejas decoradas con toros y los colores de la bandera española, cucharones con la cara de la reina de Inglaterra, ceniceros con la imagen de la torre Eiffel y decenas de souvenirs parecidos que delataban no solo la preferencia de su antigua propietaria por los países europeos, sino también su gusto por la buena mesa, de la que debía de haber disfrutado en cada uno de los lugares que visitaba.

En un sofá cubierto por un forro de plástico transparente se amontonaba toda una variedad de cuadros pintados al óleo, naturalezas muertas, paisajes y marinas, que parecían sacados de la sala de una casa de al menos 50 años atrás.

No pude evitar que me invadiera un sentimiento de tristeza al pensar en la dueña de aquellos recuerdos. Me la imaginé colocando los artículos que compraba en sus viajes sobre la mesa de la sala, o tal vez en la cómoda, a un costado de la cama. Seguramente los limpiaba con delicadeza, para evitar que se dañaran, y si tuvo hijos, les advirtió miles de veces que no corrieran dentro de la casa, para que no tropezaran con ellos. Durante décadas aquellos objetos formaron parte de la vida de una mujer que los cuidó con esmero, quizás sin imaginar que, una vez que desapareciera físicamente, nadie volvería a pasar su mano sobre ellos con cariño y una sonrisa de nostalgia. “No sé para qué acumula tantos trastos en la casa, como si se los fueran a echar en la caja cuando se muera”, solía decir mi madre cuando veía a alguien con la casa llena de cachivaches, ella que se enorgullecía de tirar a la basura todo lo que se pasaba un tiempo sin usar y los únicos objetos que guardaba con celo eran los álbumes de fotos de sus hijos.

Todo en aquel sótano estaba desorganizado y polvoriento, por lo que resultaba bastante difícil distinguir algunas cajas que habían quedado ocultas, debajo de aquel maremágnum. Así es que estuvimos a punto de irnos pasando por alto lo más interesante de aquella colección de recuerdos. Carmen fue la primera en verlo.

“Mira este cuadro, Sonia”, me dijo estirando el brazo por encima de la mesa para que yo pudiera alcanzarlo.

Visto de cerca, apenas se podía distinguir la figura, pero cuando lo alejé de mi vista todo lo que me dio el brazo, quedé muda de asombro.

“Es un dibujo precioso”, fue lo único que pude decir.

Lo que más llamó mi atención fue que el fondo del cuadro no era un lienzo ni una cartulina, sino la página de clasificados de un periódico. Sobre la página habían dibujado, con tinta negra, a una mujer joven, con una silueta muy atractiva. El cabello, ondeado, lo llevaba recogido en un moño, o tal vez lo llevaba corto, era difícil distinguirlo. Tenía una mano reposando sobre un muslo, y las piernas cruzadas dejaban ver una rodilla carnosa y bien formada, típica de las mujeres que llevan sangre mestiza en las venas.

La modelo del cuadro debió tener una relación amistosa o amorosa con el pintor, pues en su pose se notaba que se sentía relajada y cómoda mientras se dejaba pintar. O tal vez era una modelo profesional, acostumbrada a posar para los artistas que pagaban por sus servicios. Imposible saberlo mirando la imagen.

Subimos la escalera de prisa, llevando el cuadro con cuidado porque el marco, barato y con demasiados años de uso, daba la impresión de que al menor movimiento brusco podría deshacerse.

“¿Cuánto le debemos?”, le preguntamos a la encargada de la venta que ya no podía disimular la cara de disgusto y la prisa que tenía por irse.

“Un dólar. Total, ya voy a terminar”.

En ese momento me llamó la atención una caja de cartón colocada encima de una silla que no había visto antes. Estaba llena de papeles atados con cintas, que supuse serían cartas de amor, pero cuando me acerqué pude distinguir que eran partituras musicales. Había además un sobre amarillo con fotografías en blanco y negro, tomadas quizás cuando aún no se habían popularizado las fotos en colores.

Cediendo a un impulso que nunca me podría explicar, pregunté el precio de la caja y la señora, a todas luces desesperada por terminar, me dijo que podía llevarla gratis, con la condición de que no la revisara allí y me la llevara completa, sin seleccionar el contenido. Estuve de acuerdo y entramos al auto del señor Montoya, quien ya nos esperaba con el motor encendido, listo para dar por terminado nuestro día de compras.

El almuerzo estuvo delicioso, pero me pasé todo el tiempo inquieta, anhelando que terminara de una vez para poder encontrarme a solas con el contenido de la misteriosa caja, y con un poco de suerte, poder identificar a la mujer del cuadro.

Cuando nuestro amigo nos dejó en la casa, después de hacernos prometer que lo llamaríamos si necesitábamos ayuda de cualquier tipo, entramos casi corriendo para revisar el cuadro y la caja de papeles y fotos que acabábamos de adquirir. Después de lavarnos las manos para quitarnos el polvo acumulado en aquellos trastos que llevaban sabía Dios qué tiempo sin una buena sacudida, sacamos el cristal del cuadro con muchísimo cuidado, y colocamos la imagen sobre una mesa para poder mirarla con una lupa. En una esquina del papel, escrita con lápiz, había una dedicatoria que me dejó aún más impresionada que el dibujo hecho con tinta:

“A mi cubanita adorada. With love”. La firma era de Steve Van Hausen, y la fecha, 24 de abril de 1940.

De modo que la modelo del cuadro era mi paisana. Ahora faltaba descubrir por qué vivía en una vieja mansión de Nueva Jersey, entre recuerdos traídos del Viejo Continente. Tal vez en la caja de cartón estaba la respuesta a todas nuestras preguntas.

 

Elvira de las Casas nació en Cienfuegos, Cuba, en 1955 y es Licenciada en Lengua y Literatura Alemanas. La mujer del cuadro es su tercera novela publicada por la Editorial Silueta en Miami, ciudad a la que llegó en 1991. Anteriormente había publicado Doce mensajes a Hércules (2012) y La cruz de bronce. Algunos de sus cuentos han visto la luz en revistas literarias y en la selección de escritoras de Miami Crear en femenino (CCE y Editorial Silueta, 2017).

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